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Comunicación asertiva en la familia: cuando aprender a hablar también es aprender a amar

Comunicación asertiva en la familia: cuando aprender a hablar también es aprender a amar

Hay temas que parecen sencillos hasta que los llevamos a la vida real. Uno de ellos es la comunicación. Todos hablamos, todos respondemos, todos damos explicaciones, todos creemos expresar lo que sentimos; pero no siempre nos comunicamos de verdad. Muchas veces solo reaccionamos, nos defendemos, reclamamos, callamos por orgullo o esperamos que el otro adivine lo que llevamos dentro.

A partir del taller “Comunicación Asertiva”, impartido por el Lic. Gabriel Rubio Badillo, psicoterapeuta del Grupo Freedom, en la Parroquia de San Antonio de Padua, y organizado por el MFC Católico, Sector 12, quiero compartir una reflexión sobre uno de los retos más grandes de la vida familiar: aprender a comunicarnos con verdad, pero también con amor.

La comunicación asertiva no consiste simplemente en “decir lo que pienso”. Eso puede hacerlo cualquiera. La verdadera comunicación asertiva implica expresar lo que pienso, siento y necesito, pero sin agredir, sin manipular, sin humillar y sin destruir el vínculo con la otra persona.

Y esto, llevado a la familia, se vuelve fundamental. Porque no basta con vivir bajo el mismo techo. No basta con comer juntos, ir a Misa juntos o compartir responsabilidades. Una familia necesita aprender a escucharse, corregirse, perdonarse, negociar, poner límites y hablar de los temas difíciles sin convertir cada conversación en una batalla.

El costo de una comunicación deficiente

Una mala comunicación nunca sale gratis. Tarde o temprano cobra factura.

Cuando una familia no sabe hablar, empiezan las heridas emocionales. Cuando un matrimonio deja de dialogar, aparece la indiferencia. Cuando la indiferencia se instala, llega la frialdad. Y cuando la frialdad se vuelve costumbre, la pareja puede estar físicamente junta, pero espiritualmente separada.

Muchas rupturas no comienzan con una gran traición. Comienzan con conversaciones evitadas, heridas no expresadas, reclamos acumulados, silencios prolongados y frases dichas sin cuidado. Comienzan cuando uno deja de sentirse escuchado. Comienzan cuando el otro deja de ser hogar y empieza a sentirse como amenaza.

La comunicación deficiente también debilita la crianza. Cuando papá y mamá no logran ponerse de acuerdo, los hijos lo perciben. Cuando la pareja pierde fuerza, la autoridad familiar se fragmenta. Los hijos no siempre necesitan padres perfectos, pero sí necesitan ver una alianza estable, una dirección común, una estructura que les dé seguridad.

La pareja es el núcleo central de la familia. No porque los hijos valgan menos, sino porque la relación de los esposos es el suelo emocional sobre el que los hijos aprenden a vivir. Cuando ese suelo se agrieta, los hijos caminan con inseguridad.

Por eso la comunicación no es un tema menor. Es una forma concreta de cuidar la familia.

Hablar no siempre significa comunicarse

Uno de los grandes errores que cometemos en casa es creer que porque hablamos mucho, nos comunicamos bien. Pero hablar y comunicarse no son lo mismo.

Hay hogares donde se habla todo el día, pero nadie se escucha. Hay matrimonios que intercambian muchas palabras, pero pocas llegan al corazón. Hay padres que dan instrucciones, pero no generan diálogo. Hay hijos que responden, pero no se sienten comprendidos. Hay familias que resuelven asuntos prácticos, pero viven emocionalmente distantes.

La comunicación asertiva nos recuerda que no solo importa lo que decimos, sino también cómo lo decimos, cuándo lo decimos, desde dónde lo decimos y para qué lo decimos.

No es lo mismo decir: “Nunca me ayudas”, que decir: “Me siento cansado y necesito que compartamos mejor las responsabilidades”.

No es lo mismo decir: “Tú siempre haces lo mismo”, que decir: “Esto que pasó me lastimó y me gustaría que lo habláramos”.

No es lo mismo corregir desde el enojo que corregir desde el amor.

La diferencia parece pequeña, pero en la vida familiar puede ser enorme. Una palabra puede abrir una puerta o levantar una muralla.

Una cultura donde las relaciones se han vuelto desechables

También debemos reconocer algo de nuestro tiempo: por cuestiones generacionales y culturales, muchas relaciones matrimoniales se han vuelto frágiles, incluso desechables. Hoy se habla mucho de soltar, de irse, de no tolerar nada, de buscar la felicidad individual como si el matrimonio fuera válido solo mientras no incomode.

Claro que hay situaciones graves donde se necesita ayuda, distancia, protección o intervención. No se trata de romantizar el sufrimiento ni de justificar relaciones dañinas. Pero también es cierto que muchas parejas han perdido la capacidad de trabajar sus diferencias. Ya no saben negociar, esperar, escuchar, corregir, pedir perdón o reconstruir.

A veces queremos matrimonios perfectos sin procesos imperfectos. Queremos una pareja madura, pero no queremos revisar nuestra propia inmadurez. Queremos que el otro cambie, pero no estamos dispuestos a mirar nuestras heridas, nuestros hábitos, nuestro temperamento o nuestras formas aprendidas de reaccionar.

El matrimonio no se sostiene solo con amor sentido. Se sostiene también con decisión, humildad, acuerdos, renuncias y aprendizaje constante.

En el matrimonio sí se negocia

Hay una frase que puede incomodar, pero es profundamente real: en el matrimonio sí se entra en una negociación.

No una negociación fría, como si el amor fuera contrato comercial, sino una negociación madura, donde dos personas aprenden a construir una vida común. Cuando éramos novios, cada uno cargaba su propia mochila: educación, valores, hábitos, heridas, costumbres, ideas sobre el dinero, formas de expresar afecto, relación con la familia de origen, carácter, temperamento y expectativas.

Pero al casarnos, no se trata de seguir cargando dos mochilas separadas. El matrimonio nos invita a construir una sola mochila común. Eso implica revisar qué traemos, qué pesa demasiado, qué ya no sirve, qué debemos ordenar y qué necesitamos aprender de nuevo.

El problema es que muchas veces no desnudamos el alma. Dejamos que el otro conozca nuestra parte funcional, nuestra parte amable, nuestra parte social; pero ocultamos nuestras debilidades, miedos, inseguridades, heridas y zonas de conflicto.

Y si no dejamos que el otro nos conozca de verdad, entonces no puede amarnos de verdad. Solo puede amar la versión que le dejamos ver.

Seguimos cargando a nuestra familia de origen

Uno de los retos más delicados en la vida matrimonial es la familia de origen. Todos venimos de una historia. Nadie llega al matrimonio en blanco. Venimos de una casa donde aprendimos cómo se discute, cómo se perdona, cómo se administra el dinero, cómo se expresa el cariño, cómo se educa a los hijos, cómo se ejerce la autoridad y cómo se vive la fe.

El problema empieza cuando creemos que lo que vivimos en nuestra familia de origen es automáticamente lo mejor para nuestra nueva familia. Entonces, sin darnos cuenta, intentamos imponerle al cónyuge nuestras costumbres, nuestras reglas, nuestras formas de convivencia o incluso la manera en que debe relacionarse con nuestros padres, hermanos o parientes.

A veces no hemos aprendido a soltar. Seguimos emocionalmente aferrados a la familia de origen y no terminamos de construir una verdadera unidad conyugal.

La Palabra de Dios es clara desde el Génesis: el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer. No significa abandonar, despreciar o cortar el amor hacia la familia de origen. Significa ordenar los vínculos. Significa comprender que, al formar una nueva familia, la prioridad afectiva, espiritual y práctica cambia.

Cuando esto no se entiende, aparecen conflictos: comparaciones, intromisiones, resentimientos, alianzas indebidas, dependencia emocional o la sensación de que el cónyuge nunca ocupa el primer lugar.

Los fantasmas del pasado también se sientan a la mesa

En el matrimonio no solo conviven dos personas. También conviven sus historias.

A veces llegan al hogar los fantasmas del pasado: heridas no sanadas, rechazos antiguos, experiencias de abandono, miedos, inseguridades, modelos familiares rotos o expectativas imposibles. Si no los reconocemos, esos fantasmas empiezan a hablar por nosotros.

Una persona que fue ignorada puede interpretar cualquier silencio como desprecio. Una persona que creció en un ambiente autoritario puede rechazar toda forma de límite. Una persona que vivió abandono puede volverse controladora por miedo a perder. Una persona que nunca aprendió a expresar emociones puede parecer fría, aunque por dentro esté llena de afecto.

Por eso no basta con decir “así soy”. Esa frase muchas veces se convierte en excusa para no crecer. El matrimonio cristiano nos llama a reconocer nuestras heridas, trabajar nuestros hábitos y permitir que Dios sane también nuestra manera de relacionarnos.

No somos perfectos. Somos perfectibles. Y esa diferencia es importante.

Las diferencias pueden unirnos o separarnos

En el matrimonio siempre habrá diferencias. Algunas serán pequeñas: gustos, horarios, hábitos, formas de ordenar la casa. Otras serán más profundas: economía, sexualidad, educación de los hijos, relación con las familias de origen, prioridades espirituales o proyectos de vida.

Las diferencias no son necesariamente enemigas del matrimonio. Pueden convertirse en camino de crecimiento. Pero si no se hablan bien, se vuelven distancia.

Una diferencia bien dialogada puede unirnos.
Una diferencia mal comunicada puede separarnos.

El problema no es que mi cónyuge piense distinto. El problema es cuando convierto su diferencia en amenaza. El problema es cuando dejo de escuchar y empiezo a suponer.

Y aquí hay una verdad muy fuerte: la suposición es el inicio de muchos fracasos matrimoniales.

“Seguro lo hizo por molestarme.”
“Seguro ya no le importo.”
“Seguro piensa lo mismo que su mamá.”
“Seguro no quiere cambiar.”
“Seguro me está ignorando.”

Cuando suponemos, dejamos de preguntar. Y cuando dejamos de preguntar, empezamos a construir historias que quizá no son ciertas. Muchas heridas matrimoniales no nacen de lo que el otro hizo, sino de lo que yo interpreté sin dialogar.

Actualizar hábitos y creencias

Una nueva familia necesita hábitos nuevos.

Lo que solíamos hacer antes no siempre es lo mejor para nuestra vida matrimonial. Tal vez en mi casa se gritaba para resolver conflictos. Tal vez en la familia de mi cónyuge se evitaban los problemas. Tal vez uno aprendió a hablar de todo y el otro aprendió a callarlo todo. Tal vez uno expresa amor con palabras y el otro con actos de servicio. Tal vez uno viene de una casa permisiva y el otro de una casa rígida.

Si no actualizamos nuestras creencias, terminamos repitiendo patrones.

Por eso es necesario preguntarnos: ¿esto que traigo de mi historia realmente le hace bien a mi matrimonio? ¿Este hábito ayuda a mi familia o la debilita? ¿Estoy educando a mis hijos desde la conciencia o desde mis heridas? ¿Estoy tratando a mi cónyuge como compañero de vida o como alguien que debe adaptarse a mi mundo?

El matrimonio exige disposición para cambiar y aprender algo diferente.

Autoridad, permisividad y crianza

Uno de los apuntes más importantes del taller toca un tema delicado: muchas veces la permisividad con los hijos nace del conflicto que el padre o la madre tienen con la autoridad.

Hay padres que no quieren poner límites porque temen parecer duros. Otros no quieren corregir porque ellos mismos sufrieron una autoridad mal ejercida. Algunos confunden amor con permitirlo todo. Otros intentan compensar ausencias, culpas o heridas dejando que los hijos tomen decisiones que todavía no están preparados para tomar.

Pero una crianza sin límites no fortalece a los hijos. Los deja desorientados.

La autoridad cristiana no debe ser violencia, imposición ni autoritarismo. Pero tampoco debe ser ausencia, miedo o permisividad desordenada. La autoridad de los padres debe ser firme y amorosa; clara, pero no humillante; cercana, pero no complaciente.

El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Esa responsabilidad no se delega por completo a la escuela, a la parroquia, a los abuelos, al celular ni a las redes sociales.

Y para educar bien, papá y mamá necesitan comunicarse bien entre ellos. Si la pareja está rota en sus acuerdos, la crianza se debilita.

Los acuerdos en pareja: decir qué sí y qué no

Una familia sana necesita acuerdos. No todo puede quedar al sentimiento del momento.

Hay temas críticos que deben hablarse con seriedad: el manejo de la economía, la sexualidad, la educación de los hijos, la relación con las familias de origen, el tiempo de pareja, el uso del celular, los compromisos pastorales, el descanso, las amistades, el trabajo y la vida espiritual.

En estos temas no conviene vivir de suposiciones. Es necesario preguntarse con claridad:

¿Qué sí podemos hacer?
¿Qué no debemos permitir?
¿Qué nos lastima?
¿Qué necesitamos cambiar?
¿Qué límites debemos cuidar?
¿Qué acuerdos no estamos respetando?

También hay que aprender a hablar de los no negociables. Toda persona necesita límites coherentes. Poner límites al cónyuge no significa dejar de amarlo. Significa cuidar la dignidad propia, la dignidad del otro y la salud del vínculo.

Pero los no negociables deben ser verdaderos límites, no caprichos. Deben ser coherentes, justos y proporcionales. No todo desacuerdo puede convertirse en amenaza. No toda molestia puede elevarse a categoría de principio absoluto.

Por eso se requiere madurez. La madurez permite distinguir entre lo que debo ceder, lo que debo dialogar y lo que no debo permitir.

Hablar de lo que lastima

Una parte importante de la comunicación asertiva es aprender a decir: “Esto me lastima de ti”.

No para acusar. No para humillar. No para hacer una lista de defectos. Sino para abrir una posibilidad de encuentro.

A veces el cónyuge no cambia porque ni siquiera sabe con claridad qué está lastimando. Otras veces sí lo sabe, pero nadie lo ha dicho en el momento adecuado y de la forma adecuada. Y otras veces se ha dicho tantas veces con enojo, que el mensaje ya no se escucha; solo se percibe como ataque.

Por eso la forma importa.

No es lo mismo decir: “Eres un insensible”, que decir: “Cuando intento hablar contigo y miras el celular, me siento ignorada”.

No es lo mismo decir: “Solo piensas en tu familia”, que decir: “Necesito sentir que nuestra familia también ocupa el primer lugar”.

No es lo mismo decir: “Nunca eres cariñoso”, que decir: “Para mí es importante sentir más cercanía y expresiones de afecto”.

La asertividad no elimina la incomodidad, pero evita que la verdad se vuelva agresión.

Estrategias concretas de comunicación

La comunicación asertiva necesita práctica. No basta con entenderla; hay que ejercitarla.

Una primera estrategia es hablar sin culpar. En lugar de iniciar con “tú siempre” o “tú nunca”, conviene empezar desde la propia experiencia: “Yo me siento de esta manera cuando ocurre esto”. Esta forma baja la defensa del otro y permite abrir el diálogo.

Una segunda estrategia es escuchar sin interrumpir. Interrumpir comunica que mi respuesta es más importante que tu experiencia. A veces el mayor acto de amor es dejar que el otro termine de hablar.

Una tercera estrategia es evitar estar a la defensiva. No todo comentario es ataque. No toda queja es desprecio. No toda corrección significa que no nos aman. Hay que aprender a escuchar sin levantar inmediatamente un muro.

Una cuarta estrategia es practicar una empatía real. No basta decir “te entiendo” mientras por dentro sigo pensando que el otro exagera. La empatía implica intentar mirar desde el lugar del otro, aunque no sienta exactamente lo mismo.

Una quinta estrategia es no minimizar. Frases como “no es para tanto”, “ya vas a empezar”, “siempre exageras” o “eso no importa” cierran el corazón del otro. Puede ser que yo no entienda su dolor, pero eso no me da derecho a invalidarlo.

Una sexta estrategia es evitar palabras destructivas. A veces usamos frases que parecen normales, pero lastiman profundamente: “Hablar contigo es como hablar con la pared”, “contigo no se puede”, “siempre arruinas todo”, “mejor ni te digo nada”. Estas expresiones no resuelven el problema; lo agrandan.

Una séptima estrategia es cuidar el lenguaje corporal. El cuerpo también habla. Los ojos en blanco, los brazos cruzados, el celular en la mano, los suspiros de fastidio o el tono burlón pueden herir tanto como las palabras.

Una octava estrategia es elegir el momento adecuado. No todo se debe hablar en pleno enojo, con cansancio, frente a los hijos, antes de dormir o cuando uno de los dos está saturado. Hay conversaciones que merecen un mejor momento para poder dar fruto.

No usar el pasado como arma

Otro punto esencial: no debemos utilizar el pasado como arma.

Hay parejas que no dialogan, abren expedientes. Cada discusión se convierte en juicio histórico. Sale una herida, luego otra, luego algo de hace cinco años, luego una comparación, luego una ofensa que parecía perdonada, pero en realidad solo estaba guardada.

Eso destruye.

Si algo ya fue trabajado y perdonado, no debe usarse como munición en cada conflicto. Y si no fue realmente perdonado, entonces hay que reconocerlo y trabajarlo, no fingir que está resuelto.

Tampoco conviene involucrar a terceros de manera irresponsable. La familia, los amigos o incluso los hijos no deben convertirse en tribunales contra el cónyuge. Buscar ayuda es sano cuando se hace con orden: acompañamiento pastoral, terapia, orientación matrimonial o una persona prudente. Pero ventilar la intimidad de la pareja para ganar aliados solo debilita más el vínculo.

No cuestionar el pasado del otro para herir

Hay temas que requieren mucha delicadeza, especialmente el pasado de la otra persona. En el matrimonio puede haber historias previas, errores, heridas, decisiones, relaciones o momentos difíciles. No todo tiene que convertirse en material de sospecha o reproche.

Una cosa es dialogar con honestidad sobre lo que afecta la vida actual de la pareja. Otra muy distinta es usar el pasado del otro para controlar, avergonzar o alimentar inseguridades.

La pregunta no debe ser: “¿Cómo uso tu pasado contra ti?”
La pregunta debe ser: “¿Qué necesitamos sanar, ordenar o comprender para vivir mejor nuestro presente?”

El amor maduro no niega la historia, pero tampoco vive encadenado a ella.

Aprender a pedir perdón

Una familia que no sabe pedir perdón se endurece.

Pedir perdón no es decir: “Bueno, perdón si te molestó”. Esa frase muchas veces es una forma elegante de no asumir responsabilidad. Pedir perdón de verdad implica reconocer el daño concreto.

“Te hablé mal.”
“Te interrumpí.”
“Te humillé frente a los niños.”
“Minimicé lo que sentías.”
“Usé algo del pasado para herirte.”
“Me cerré al diálogo.”

El perdón no debilita la autoridad. La purifica. Un padre que pide perdón enseña humildad. Una madre que pide perdón enseña verdad. Un matrimonio que se pide perdón enseña a los hijos que el amor no consiste en no equivocarse, sino en saber reparar.

Hombres y mujeres no siempre procesamos igual

También conviene reconocer que hombres y mujeres muchas veces procesamos de manera distinta. Esto no debe usarse como excusa para justificar indiferencia, impulsividad o falta de empatía, pero sí puede ayudarnos a comprender que no siempre interpretamos las cosas de la misma forma.

A veces uno necesita hablar inmediatamente y el otro necesita ordenar sus ideas. Uno expresa con palabras y el otro con acciones. Uno busca resolver rápido y el otro necesita sentirse escuchado antes de buscar soluciones.

A esto se suman la historia personal, el temperamento, la educación recibida y las heridas no resueltas. Por eso la comunicación matrimonial requiere paciencia. No basta con decir: “Ya te lo expliqué”. Hay que preguntarse si el otro realmente lo recibió como yo quería comunicarlo.

La comunicación también es vida espiritual

Desde la fe, la comunicación familiar no es solo una herramienta psicológica. También es una dimensión espiritual.

¿Cómo hablamos cuando estamos heridos?
¿Cómo corregimos cuando tenemos autoridad?
¿Cómo respondemos cuando nos sentimos atacados?
¿Cómo pedimos perdón cuando nos equivocamos?
¿Cómo expresamos una necesidad sin convertirla en reclamo?
¿Cómo decimos la verdad sin perder la caridad?

Estas preguntas tienen que ver con la madurez humana, pero también con la vida cristiana.

Una persona que ora, pero humilla en casa, necesita revisar su oración. Una persona que sirve en la Iglesia, pero no sabe pedir perdón en su familia, necesita volver al Evangelio. Una persona que habla mucho de Dios, pero no escucha a los suyos, necesita dejar que Dios entre también en su manera de comunicarse.

San Pablo nos da una enseñanza muy concreta:

“No salga de su boca ninguna palabra mala, sino la palabra buena, que edifica cuando hace falta y hace bien a quienes la escuchan.”
Efesios 4,29

Esta frase debería estar escrita en la entrada de cada hogar cristiano. Antes de hablar, deberíamos preguntarnos: ¿esto que voy a decir edifica o destruye? ¿Acompaña o humilla? ¿Corrige o solo descarga mi enojo? ¿Busca el bien del otro o solo quiere ganar la discusión?

El Papa Francisco y las familias reales

El Papa Francisco ha insistido muchas veces en mirar a las familias con realismo y misericordia. No se trata de buscar familias perfectas, porque no existen familias sin tensiones, cansancios, diferencias o heridas. Se trata de acompañar familias reales, con historias reales, llamadas a crecer en el amor.

En Amoris laetitia, el Papa recuerda la importancia del diálogo en la vida familiar. El diálogo no es un lujo; es una necesidad para que el amor madure. También nos recuerda que la forma de preguntar, el modo de responder, el tono, el momento y la actitud interior pueden facilitar o bloquear la comunicación.

Esto es profundamente cierto. A veces el problema no es el tema, sino el modo. A veces no destruye la diferencia de opinión, sino la falta de respeto. A veces no duele tanto lo que se dijo, sino el tono con que se dijo.

Por eso, nuestras diferencias no deberían alejarnos automáticamente. Bien trabajadas, pueden ayudarnos a conocernos mejor. Pueden acercarnos. Pueden enseñarnos a amar de una manera más madura.

No somos perfectos. Pero con Dios, con humildad y con disposición para aprender, podemos ser perfectibles.

Conclusión: hablar como quien ama

La comunicación asertiva en la familia no consiste en tener siempre conversaciones perfectas. Eso no existe. Toda familia tiene momentos de tensión, cansancio, diferencias y heridas. Pero una familia cristiana está llamada a algo más: aprender a volver, aprender a reparar, aprender a hablar como quien ama.

Quizá el gran reto no sea solo aprender nuevas técnicas de comunicación, sino permitir que Cristo eduque nuestra manera de hablar.

Que nuestras palabras no sean piedras.
Que nuestras correcciones no sean humillaciones.
Que nuestros silencios no sean castigos.
Que nuestras verdades no pierdan la caridad.
Que nuestra escucha no sea fingida.
Que nuestros límites sean sanos.
Que nuestros acuerdos sean claros.
Que nuestras diferencias nos acerquen y no nos alejen.

Porque una familia que aprende a comunicarse no elimina todos sus problemas, pero sí deja de destruirse al intentar resolverlos.

Y cuando una familia aprende a hablar con amor, también aprende a sanar.

 

Síntesis del taller "Comunicación Asertiva en la familia"
Por: GoDan - Gonzalo y Daniela Sotelo Lomelí
Conferencista: Lic. Gabriel Rubio - Grupo Freedom



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