Dios no me pide perderme para encontrarlo

    Hay ideas que, sabiendo cómo expresarlas de una manera “poética”, se pueden romantizar aun cuando puedan carecer de sentido o razón. Podemos decir que hoy en día no es tan importante comprender en profundidad una idea. Basta con que suene “bonita”, aunque sea contradictoria:

    • “perderte para encontrarte”
    • “disolver el ego”
    • “fundirte con el todo”
    • “dejar de ser tú para convertirte en uno con el universo”.

    Confieso que durante mucho tiempo algunas de estas frases me parecieron simplemente recursos poéticos. Formas de hablar de desprendimiento, humildad o de aprender a no vivir encerrados en uno mismo. Y quizá algunas personas realmente las usan con esa intención.

    Pero si realmente buscamos esa profundización, una verdadera interiorización, nos encontraremos con algo más interesante: la defensa del “yo”.

    Y no es hablar desde un egoísmo, dejando de lado la soberbia y manteniendo los pies sobre la tierra. Es decir, no viéndome desde una posición superior, por encima de los demás. No es de ese “yo” del que me refiero. Aun cuando en la cultura actual puede malinterpretarse, pues es ese tipo de “yo” el que nos han ofrecido y hemos adoptado.

    Quiero hablarte del yo como persona. Desde un “yo” que me da identidad, que me da mi propia personalidad sin querer presentarme como alguien que no soy.

    Y es desde este enfoque que podemos comenzar con una pregunta que puede resultar importante para meditar:

    ¿Por qué tendría que dejar de ser yo para encontrar a Dios?

    El problema no es tener un “yo”

    Vivimos en una época donde la palabra “ego” parece haberse convertido en la explicación para casi cualquier problema. Si alguien es orgulloso, tiene ego. Si quiere tener la razón, tiene ego. Si piensa demasiado en sí mismo, tiene ego.

    Hasta ahí puedo entenderlo.

    Todos tenemos que aprender a salir de nosotros mismos. El cristianismo mismo habla constantemente de humildad, entrega, servicio, negación de uno mismo y amor al prójimo.

    Pero aquí aparece una diferencia importante. Negarme a mí mismo no significa dejar de existir como persona. Vencer mi egoísmo no significa destruir mi identidad. Y mucho menos significa disolverme en una conciencia universal.

    Una cosa es aprender a no colocarme siempre en el centro. Otra muy distinta es desaparecer.

    Puedo decir “yo” porque soy alguien

    En nuestro razonamiento cristiano tenemos una variante importante que difiere en gran manera de cómo se ve al hombre: el hombre es un ser personal.

    No solamente existe. Se reconoce, piensa, decide, ama, tiene voluntad y puede actuar libremente. Y por esta razón es que el hombre, a su vez, puede mirar su propia vida y decir: “yo hice esto”, “yo elegí aquello”, “yo me equivoqué”, “yo amo”, “yo creo”.

    Ese “yo” no es un accidente. Forma parte de aquello que nos distingue como personas.

    El Catecismo señala precisamente que el hombre, creado a imagen de Dios, posee dignidad de persona: no es solamente algo, sino alguien.

    Y cuanto más pienso en esa frase, más importante me parece. Porque las cosas pueden utilizarse, mientras las personas se encuentran. Las cosas pueden sustituirse. Las personas tienen identidad.

    Y si Dios me creó como alguien, ¿por qué mi meta espiritual tendría que consistir en dejar de serlo?

    Una libertad sin identidad no tiene sentido

    Una palabra que también suena mucho y que es constante en las corrientes New Age es: la libertad.

    Se habla de ella. Queremos ser libres para pensar, decidir, actuar, elegir nuestro camino y construir nuestra vida.

    Pero para que exista libertad primero tiene que existir alguien que sea libre. Un sujeto, una persona, un ser, un “yo”.

    Si ese yo termina disuelto en un gran todo, también comienza a perder sentido hablar de responsabilidad o de elección. ¿Quién decide? ¿Quién ama? ¿Quién se equivoca? ¿Quién responde por aquello que hizo?

    Si al final todos somos una misma conciencia universal, entonces nuestras diferencias personales comienzan a volverse una especie de ilusión.

    Y aquí aparece una contradicción que me resulta interesante. Hay espiritualidades que prometen una libertad absoluta, pero al mismo tiempo terminan debilitando aquello que hace posible la libertad: la persona.

    Y esto refleja lo que comentaba al principio. Las ideas, filosofías o espiritualidades New Age, en el intento de exaltar al hombre y su libertad, terminan diluyendo al “yo” dentro del mundo, perdiendo aquello que lo hace verdaderamente personal.

    Y entonces la libertad termina devorándose a sí misma.

    Querer ser absolutamente libre puede terminar esclavizándome

    Hay algo de nuestra época que me llama mucho la atención. Queremos libertad sin límites: poder decidir quién soy, qué soy, qué significa mi vida, qué está bien, qué está mal, cuál es mi verdad y cuál es mi realidad.

    Nuevamente, en apariencia eso coloca al hombre en la posición más elevada posible. Yo decido. Yo determino. Yo creo. Yo establezco los límites.

    Pero ¿realmente eso me hace más libre?

    Porque si todo depende de mí, también toda la carga termina sobre mí. Tengo que definirme, sostener mi identidad, construir mi propósito, crear mi realidad y establecer qué es verdad.

    Y de repente la libertad que parecía liberadora puede terminar convirtiéndose en una carga inmensa. ¿Has notado que en esta actualidad, donde toda esta variedad de espiritualidades te ofrece “independencia”, conocimiento de un “yo” y también “libertad”, es también una época en la que se habla mucho más de problemas de salud mental?

    No quiero afirmar con esto que una cosa sea causa directa de la otra. Pero sí me parece interesante preguntarnos si esta nueva “libertad” ofrecida por ciertas corrientes New Age realmente nos está haciendo más libres o si, por el contrario, puede llevarnos por un camino bastante escabroso.

    Y quizá sea porque nunca fuimos creados para inventarnos completamente desde cero.

    Yo no soy Dios

    Esto conecta directamente con lo que vimos en el capítulo anterior.

    Si soy criatura, mi libertad no es absoluta. Y decirlo puede sonar casi ofensivo para nuestra mentalidad actual. Pero es verdad.

    No elegí nacer. No elegí el tiempo histórico en el que llegué al mundo. No elegí muchas de las circunstancias que me rodearon. No puedo decidir simplemente dejar de ser limitado. No puedo evitar la enfermedad para siempre. No puedo evitar la muerte.

    Mi libertad existe dentro de una realidad que me precede. Y eso no la destruye. La sitúa.

    El problema comienza cuando entiendo libertad como la posibilidad de convertirme en mi propio absoluto. Entonces ya no quiero ser criatura. Quiero ocupar el lugar del Creador.

    Y quizá ahí comienza gran parte de nuestra confusión.

    No soy menos libre porque Dios exista

    Durante mucho tiempo se ha querido presentar la relación con Dios como una amenaza para la libertad. Si Dios manda, entonces yo no soy libre. Si existe una verdad moral, estoy limitado. Si existe una voluntad de Dios, entonces no puedo hacer lo que quiera.

    Pero creo que aquí confundimos libertad con ausencia de límites. Y no son lo mismo.

    Puedo ejercer mi libertad para destruirme. También puedo ejercerla para crecer. Puedo elegir algo que me esclavice o algo que me lleve hacia mi plenitud.

    La existencia de Dios no elimina mi libertad. La hace posible dentro de un sentido.

    Porque si Dios me creó libre, entonces incluso puedo decirle que no. Puedo alejarme, rechazarlo y hacer exactamente lo contrario de aquello que Él quiere.

    Y eso, paradójicamente, demuestra que realmente soy libre.

    Dios no me obliga a amarlo

    Esto me parece especialmente importante. Siendo Dios el Creador de toda la existencia, podría haber creado seres incapaces de rechazarlo. Y este es un punto interesante para comprender cómo es Dios con su creación: el hombre.

    Porque si el hombre hubiera sido creado para “obedecer ciegamente” su voluntad, no podríamos amarlo. Es precisamente la libertad de elección lo que nos lleva a amarlo o a rechazar su amor.

    Porque amar implica libertad. No puedo obligar a alguien a amarme. Puedo obligarlo a permanecer, presionarlo, controlarlo o retenerlo. Pero eso no es amor.

    Y quizá por eso Dios respeta tanto nuestra libertad, incluso cuando la utilizamos mal.

    Eso cambia mucho mi manera de entender mi relación con Él.

    No soy una pieza dentro de un mecanismo. No soy una extensión de Dios obligada a regresar a Él. No soy una gota destinada inevitablemente a perderse nuevamente en el océano.

    Soy alguien capaz de responder. Y también capaz de rechazar.

    La unión con Dios no elimina la distancia

    Llegamos a un punto que me parece fundamental.

    En muchas espiritualidades modernas, la meta parece consistir precisamente en eliminar toda diferencia: yo y el universo, yo y la divinidad, yo y el todo.

    Todo termina siendo una sola realidad. Como si la meta de esta nueva espiritualidad fuera vendernos una ilusión de libertad, pero que realmente me está guiando a la pérdida de mi identidad.

    Me está transformando de un “alguien” a un “algo” que termina desapareciendo en un supuesto “todo”.

    ¿Dónde quedo entonces yo al unirme a esa supuesta conciencia “cósmica” que algunos llaman “universo”?

    La fe cristiana propone algo completamente distinto.

    Nos habla de unión. No de una fusión que me lleva a desaparecer, sino de una comunión que me conecta con Dios, que me da sentido y me permite estar frente a Él y no absorbido en Él.

    Puedo estar profundamente unido a Dios sin convertirme en Dios. Y Él puede habitar en mí sin dejar de ser distinto de mí.

    Esto puede parecer una sutileza filosófica, pero cambia completamente la relación. Porque solo puede existir amor cuando hay dos: un “yo” y un “tú”.

    Si ambos desaparecen dentro de una sola conciencia, ya no existe realmente relación.

    Lo veo también en el matrimonio

    Tal vez por mi experiencia personal esto me resulta todavía más fácil de comprender desde el matrimonio.

    Cuando dos personas se aman, buscan unidad. Comparten una vida, proyectos, alegrías, dolores y decisiones. Incluso existe una expresión bíblica muy fuerte: “serán una sola carne”.

    Pero ninguno deja de ser quien es.

    Mi esposa no desaparece para convertirse en mí. Yo tampoco desaparezco para convertirme en ella. Seguimos siendo dos personas. Precisamente por eso podemos amarnos.

    Si uno absorbe al otro, aquello deja de ser unión y comienza a convertirse en una relación destructiva, donde invariablemente uno de los dos terminará desapareciendo, doblegando su personalidad a la del otro.

    El amor verdadero une sin borrar.

    Y quizá nuestra relación con Dios pueda entenderse, teniendo presentes sus respectivas diferencias, desde esa misma lógica.

    Dios no quiere absorberme. Quiere encontrarme.

    Mientras más me acerco a Dios, más debería reconocerme

    Aquí hay algo que me parece profundamente cristiano.

    La santidad no fabrica copias.

    Cuando observo la vida de los santos, no veo personas idénticas. Francisco de Asís no es Teresa de Ávila. Agustín no es Tomás de Aquino. Pedro no es Pablo.

    Cada uno conserva una historia, una personalidad, una sensibilidad, una manera de amar y de responder a Dios. Y, sin embargo, todos caminaron hacia Él.

    Eso me hace pensar que acercarme a Dios no debería eliminar mi identidad. Debería purificarla, ordenarla y llevarla a plenitud.

    Tal vez el pecado no es aquello que me hace más “yo”. Quizá sucede exactamente lo contrario.

    El pecado deforma aquello a lo que estoy destinado a llegar a ser. Y Dios no quiere destruir mi personalidad. Quiere liberarla de aquello que la esclaviza.

    Hay una frase que puede engañarnos: “sé tú mismo”

    Una pequeña frase que, si la oímos tomándola a la ligera, puede hacer que pase desapercibido su verdadero peso y significado. Y la escuchamos muchísimo:

    “Sé tú mismo”.

    Y parece un buen consejo. Como decía, suena muy intelectual y hasta filosófico. Pero puede caer rápidamente en una confusión si nos preguntamos: ¿qué versión de mí?

    Porque puedo ser yo mismo en mis virtudes. Y también en mis defectos.

    Puedo decir “así soy” y utilizar esa frase para justificar cualquier cosa: mi enojo, mi orgullo, mi egoísmo, mi falta de compromiso o mis heridas.

    Quien se encuentre o se haya encontrado en una relación tal vez podrá entender este sentido cuando, en alguna ocasión, haya escuchado de parte del otro frases como: “Así me conociste”, “Es mi esencia, no la pienso cambiar” o “Yo estoy bien, así he sido siempre”.

    Entonces “ser yo mismo” tampoco puede convertirse en una especie de absoluto.

    Tal vez la pregunta debería ser otra:

    ¿Quién estoy llamado a ser?

    Porque no todo lo que hay en mí merece conservarse. Hay cosas que necesitan sanar. Otras necesitan cambiar. Algunas deben morir.

    Pero no para que desaparezca mi “yo”, sino para que pueda aparecer con más claridad.

    Elegir a Dios no significa renunciar a mí

    Esta idea es tan simple que se vuelve compleja de entender hoy en día, cuando nos han vendido la individualidad como algo que debe prevalecer por encima del otro.

    Si elijo a Dios, ¿no estoy dejando de elegirme a mí?

    Creo que ahí está precisamente la paradoja.

    Cuando elijo aquello para lo que fui creado, no me pierdo. Me encuentro.

    Es parecido a cualquier realidad humana. Un músico no pierde su libertad cuando decide aprender música. Tiene que aceptar reglas, disciplina, práctica y límites. Pero precisamente dentro de ellos puede llegar a expresarse con libertad.

    Un matrimonio también asume compromisos que limitan ciertas opciones y, sin embargo, esos límites pueden abrir una forma mucho más profunda de libertad y amor.

    Quizá con Dios ocurra algo semejante.

    Su voluntad no es una cárcel construida para impedirme vivir. Es un camino que puede llevarme hacia aquello que realmente soy.

    El mundo me dice: invéntate

    Hay una idea que parece repetirse constantemente:

    “No dejes que nadie te diga quién eres”.

    Y entiendo lo que intenta expresar: no vivir esclavo de opiniones ajenas, no dejar que otros destruyan tu dignidad.

    Pero, llevada al extremo, aparece otra idea:

    “Tú decides completamente quién eres”.

    Y ahí ya me empiezan a saltar algunas dudas.

    Porque quizá mi identidad no sea algo que tengo que inventar completamente. Tal vez existe algo que tengo que descubrir.

    Si fui creado, entonces existe una intención anterior a mí: una naturaleza, un propósito, una llamada.

    Y tal vez gran parte de mi vida consiste precisamente en descubrirla.

    No fabricar una identidad desde cero, sino encontrar aquello para lo que fui creado.

    Y ciertamente, si lo piensas detenidamente, es imposible crear nuestra personalidad desde cero. ¿Por qué? Bueno, porque desde el momento en que nacemos comenzamos a aprender, a imitar y a educarnos desde una base: la familia.

    Podemos creer que nos reinventamos como si de una máquina se tratara. Nos “reseteamos”, nos “formateamos” y creemos que iniciaremos desde un principio puro y virgen para llenarlo de nuestras ideas.

    Pero no es así.

    Ya desde casa tenemos un criterio influido por lo que vivimos con nuestros padres. De adultos nos llegan a presentar pensamientos que vienen de otros y los aceptamos sin cuestionamiento —algunos pueden llamarle adoctrinamiento—. Pero realmente no nos dictamos desde cero el propósito de nuestro ser.

    Es a partir de estas condiciones y de nuestras propias experiencias que encontraremos “libremente” ese camino personal. Un camino que no puede darse si mi fin último es pensar que me “uniré” —fusionándome hasta desaparecer— con una entidad “universal” que terminará borrando mi existencia bajo la premisa de que mi individualidad debe desaparecer en ese ser mayor.

    La Nueva Era promete expansión, pero puede terminar diluyendo

    Creo que aquí comienza a verse con mayor claridad por qué estas ideas serán importantes cuando entremos en los próximos temas.

    La Nueva Era habla constantemente de expansión: expandir la conciencia, superar los límites, trascender la individualidad, fundirse con el universo y convertirse en uno con el todo.

    Y todo eso puede sonar como crecimiento.

    Pero quizá deberíamos detenernos antes de aceptar que desaparecer es crecer.

    Porque si para alcanzar una conciencia superior tengo que perder aquello que me hace persona, entonces la pregunta es inevitable:

    ¿Qué queda de mí?

    Tal vez hemos confundido trascender con disolver.

    Y no son lo mismo.

    Dios no me quiere menos “yo”

    Esta idea me gusta.

    Dios no quiere que yo sea menos yo. Quiere que sea un yo más libre, más verdadero, más capaz de amar, más consciente de aquello que hace, más responsable y más pleno.

    No quiere borrarme. Quiere salvarme.

    Y salvarme implica salvar también aquello que soy: mi historia, mi libertad, mi identidad, mi capacidad de amar e incluso mis heridas, cuando permito que sean sanadas.

    Eso me parece mucho más hermoso que imaginarme desapareciendo dentro de una conciencia cósmica.

    Tal vez perderme no sea el camino

    Después de toda esta reflexión, regreso a la pregunta del comienzo.

    ¿Tengo que perderme para encontrar a Dios?

    Creo que no.

    Tengo que perder ciertas cosas: mi orgullo, mi egoísmo, mi necesidad de controlarlo todo, mi pecado y tal vez incluso muchas ideas equivocadas que tengo sobre mí mismo.

    Pero no tengo que perder mi identidad.

    Porque fue Dios quien me la dio.

    La vida cristiana no consiste en desaparecer. Consiste en transformarse.

    Y transformación no significa dejar de ser.

    Significa llegar a ser plenamente aquello para lo que fui creado.

    Conclusión: puedo decir “yo” delante de Dios

    Quizá aquí esté una de las diferencias más profundas entre la espiritualidad cristiana y muchas de las ideas que comenzaremos a analizar en los siguientes capítulos.

    No necesito disolver mi “yo”. Necesito aprender a ponerlo delante de Dios, con sus aciertos, sus errores, sus heridas, sus deseos y su libertad.

    Y decir:

    “Aquí estoy”.

    No soy Dios y no necesito serlo. Tampoco necesito desaparecer dentro de Él.

    Soy una persona creada por Él. Distinta, libre, capaz de amar, capaz de elegir y capaz incluso de rechazarlo.

    Y precisamente por eso también capaz de entregarme libremente.

    Tal vez la verdadera unión con Dios no sea aquella donde dejo de existir. Tal vez sea aquella donde, delante de Él, finalmente comprendo quién soy.

    No un fragmento del universo, no una conciencia temporal, no una chispa destinada a regresar a un gran Todo.

    Soy yo.

    Delante de Dios.

    Y Él sigue siendo Dios.

    Quizá ahí comienza la verdadera libertad. Y también la verdadera relación.

    Cristo basta.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


    No soy una chispa divina: soy imagen de Dios

    Hay frases que, cuando las escuchamos muchas veces, comienzan a parecernos profundas, aunque nunca nos hayamos detenido realmente a pensar qué significan.

    • “Todos somos divinos”.
    • “Dios está dentro de ti”.
    • “Eres una chispa de Dios”.
    • “Tu esencia es divina”.
    • “Solo tienes que despertar aquello que ya está en ti”.

    Son expresiones que hoy aparecen por todos lados. En publicaciones, videos, conferencias, mensajes motivacionales e incluso dentro de conversaciones donde se intenta hablar de Dios.

    Y sí. Al leerlas, no puedo negar que suenan realmente bonitas. Son casi melodiosas. Parecen realmente darle un valor al mismo ser humano.

    Después de todo, ¿qué podría elevar más nuestra dignidad que pensar que llevamos dentro una parte de la propia divinidad?

    Pero ¿realmente es así como debemos considerar nuestra relación con Dios?

    • Quizá no necesito ser una parte de Dios para tener dignidad.
    • Quizá mi valor no depende de que yo sea divino.

    Tal vez mi dignidad está precisamente en otra cosa:

    Fui creado por Dios y a su imagen.

    Ser imagen no significa ser parte

    “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Esta frase que podemos encontrar en el mismo Génesis nos dice ya, por sí sola, algo importante. Tal vez la hemos leído y no le hemos puesto realmente la atención debida. ¿Qué implica esto?

    Ser imagen de Dios no significa ser Dios.

    Tampoco significa que exista dentro de mí una pequeña porción de su sustancia.

    Significa que, siendo criatura, participo de una manera especial en ciertas perfecciones que Él me ha dado.

    El hombre aparece como “otro” frente al Creador. Distinto de Él, pero al mismo tiempo elevado por encima del resto de la creación visible de una manera única.

    Y aquí me parece importante mencionar la siguiente idea:

    La fe cristiana no disminuye al ser humano cuando afirma que es criatura.

    Al contrario.

    Le da una dignidad enorme. Porque, como ya lo hemos visto en capítulos anteriores, haber sido creado a semejanza de Dios elimina por completo la posibilidad de haber sido tan solo un accidente del universo.

    • No soy materia que casualmente adquirió conciencia.
    • No soy una chispa perdida de una divinidad que intenta regresar a su origen.
    • Soy alguien querido.
    • Pensado.
    • Creado.

    Y capaz de entrar en relación con Dios.

    Hay una diferencia entre participar y pertenecer a su sustancia

    Esta diferencia parece perderse en el entendimiento de cómo vemos y pensamos las cosas en la actualidad. Muchas de las confusiones que tenemos actualmente en nuestra forma de vivir la espiritualidad nacen precisamente de no saber distinguir ambas cosas.

    • Dios me da el ser.
    • Me sostiene.
    • Me concede inteligencia.
    • Libertad.
    • Voluntad.
    • Capacidad de amar.

    Pero nada de eso significa que yo sea una parte de Él. Somos “imagen y semejanza”, es decir, podemos ser reflejo del Creador, pero no nos vuelve creadores. Autores del todo a la par de Dios.

    Ya esta idea la había explicado en anteriores entregas. Una obra puede revelar algo de su autor sin convertirse en el autor.

    El hombre es imagen y semejanza de Dios precisamente porque posee una capacidad especial de conocer, entender y entrar en relación personal con Él.

    “Dios habla a los hombres como amigos y los invita a su compañía”.
    —Concilio Vaticano II

    Y creo que ahí está una diferencia enorme. Porque si yo fuera parte de Dios, la relación desaparecería porque ya no habría un “Tú”. Sería solamente un “Todo” en el que no habría más que una sola misma conciencia. Sería hablar con uno mismo, sin una razón.

    Por ello, desde la visión de la fe cristiana se dice algo distinto:

    • Dios es Dios.
    • Yo soy yo.

    Y es por ello que Dios puede encontrarme y yo encontrarlo a Él. Porque somos dos personas distintas.

    Tal vez queremos ser más de lo que somos

    ¿Por qué resulta tan atractiva la idea de ser divinos?

    Tal vez porque ser criatura nos parece poco. Hemos determinado que decir “soy criatura” es conceptualmente algo pequeño, “limitado”. Y al ser limitado me hace ser dependiente. Comprueba mi pequeñez.

    Y vivimos en una época donde nos enseñan precisamente lo contrario: que no debemos depender de nadie, que debemos construir nuestra propia realidad, decidir nuestro destino y convertirnos en aquello que queramos ser.

    Entonces aparece una espiritualidad que me dice:

    “No eres solamente una criatura. Eres divino”.

    Y eso puede resultar mucho más atractivo.

    Porque me coloca en el centro.

    Si soy divino, no necesito realmente a un Creador.

    Si soy parte de Dios, no necesito recibir de Él mi identidad.

    Si tengo dentro de mí todo lo necesario, la salvación deja de venir de fuera.

    Solo tengo que descubrir lo que ya soy.

    Y ahí encuentro una diferencia profunda con el cristianismo.

    El cristianismo no me dice:

    “Descubre que eres Dios”.

    Me dice:

    Descubre cuánto te ama Dios.

    Ser criatura no me hace menos

    Durante mucho tiempo podemos interpretar la palabra “criatura” casi como si fuera una disminución.

    Como si reconocer que dependemos de Dios nos hiciera menos libres, menos grandes o menos importantes.

    Pero sucede exactamente lo contrario.

    Si Dios me creó, entonces mi existencia tiene un origen. Y en su plan de creación, Él me hizo libre. Porque Él me quiso y me pensó como un ser existente, no codependiente, atado a un patrón que me esclavizara.

    Y si lo pienso así, todo cambia. Porque me veo como una criatura con potencial. Un ser creado para alcanzar su máximo potencial con la libertad de crecer, equivocarme, corregirme y experimentar mi plenitud.

    • No estoy aquí porque el universo necesitaba una pieza más.
    • No soy el resultado de una energía que tomó forma temporalmente.

    Fui querido.

    Y el hecho de que Dios sea infinitamente mayor que yo no disminuye mi dignidad.

    La explica.

    Si hacemos una retrospectiva. Y lo he hecho. Puedo darme cuenta de que el ser humano, de toda la creación, es el único ser sobre toda la tierra al que Dios ha amado por sí mismo.

    Eso me parece mucho más grande que pensar que soy una chispa perdida de una divinidad impersonal.

    Porque una chispa no es amada.

    Una persona sí.

    Mi cuerpo también forma parte de lo que soy

    La espiritualidad moderna divide al grado de separar dos factores que se complementan y que uno no puede ser sin el otro: cuerpo y alma.

    Cuando hablamos de espiritualidad existe cierta tendencia a pensar que el cuerpo es algo inferior.

    Como si lo verdaderamente importante fuera el alma, la energía o la conciencia, y el cuerpo simplemente fuera una especie de envoltura temporal.

    Pero la visión cristiana no funciona así.

    En la fe cristiana tenemos claro que el hombre es tanto corporal como espiritual. Alma y cuerpo forman parte de nuestra realidad y ambos son queridos por Dios.

    Conciencia y existencia se complementan para darnos identidad y humanidad.

    Entender ese concepto parece sencillo, pero tiene consecuencias enormes.

    • No tengo un cuerpo como quien tiene un objeto.
    • Soy también cuerpo.
    • Mi historia pasa por él.
    • Mis relaciones.
    • Mis heridas.
    • Mi manera de amar.
    • Mi manera de servir.
    • Mi forma de estar en el mundo.

    Y entonces ya no puedo despreciar mi corporeidad como si fuera algo que necesito superar para alcanzar una supuesta condición espiritual superior.

    Cristo mismo asumió un cuerpo.

    Eso debería decirnos algo.

    Mi alma tampoco es una parte de Dios

    Aquí entramos directamente en una de esas frases que hoy se escuchan con facilidad:

    “Tu alma es una chispa divina”.

    Reconozco que puede sonar espiritual.

    Pero no es lo que enseña la fe cristiana.

    El alma humana ha sido creada por Dios.

    • No salió de su sustancia.
    • No es una porción de Él.
    • No somos pequeñas partes de Dios caminando por el mundo.

    Santo Tomás de Aquino sostiene que afirmar que el alma es parte de la sustancia divina es inadmisible. El alma recibe el ser de Dios, pero no es Dios.

    Y esta distinción vuelve a aparecer.

    • Recibir no es ser.
    • Participar no significa identificarse.
    • Reflejar no significa convertirse en la fuente.

    Mi alma puede estar orientada hacia Dios.

    • Puede ser capaz de conocerlo.
    • Puede amarlo.
    • Puede incluso participar de su gracia.

    Pero sigue siendo creada.

    Y eso no le quita valor.

    Le da identidad.

    Soy alguien, no algo

    El Catecismo recuerda que, precisamente por haber sido hecho a imagen de Dios, el hombre posee dignidad de persona.

    No es solamente algo.

    Es alguien.

    Parece una diferencia pequeña, pero dice mucho. En su simplicidad radica la esencia del concepto mismo. Tan solo piénsalo:

    • Una piedra es algo.
    • Un objeto es algo.
    • Una máquina es algo.

    Pero yo soy alguien.

    • Tengo conciencia de mí mismo.
    • Tengo libertad.
    • Puedo amar.
    • Puedo decidir.
    • Puedo responder por mis acciones.
    • Puedo decir “yo”.

    Y precisamente ese “yo” parece ser una de las cosas que algunas espiritualidades quieren disolver.

    ¿Por qué tendría que desaparecer para encontrar a Dios?

    Hay expresiones espirituales que hablan de perder el ego, disolver el yo, fundirse con el todo o desaparecer dentro de una conciencia universal.

    Entiendo que algunas veces la palabra “ego” puede utilizarse para hablar del orgullo, del egoísmo o de una visión excesivamente centrada en uno mismo.

    Pero hay que tener cuidado.

    Porque una cosa es vencer el egoísmo y otra muy distinta perder la identidad personal. Importante diferencia entre dominar mi ser y desvanecerlo en un vacío.

    El hombre es un sujeto personal, libre y responsable. Si ese “yo” desaparece, también desaparece la posibilidad real de libertad y responsabilidad.

    Y aquí pensé algo que me parece muy sencillo: Dios no me creó para después borrarme.

    • No me dio identidad para que mi destino fuera perderla.
    • No me hizo persona para terminar convirtiéndome en una especie de gota que vuelve al océano y deja de existir como tal.

    La unión con Dios no destruye quién soy.

    Lo lleva a plenitud.

    Dios no me absorbe

    Esta idea me parece especialmente hermosa. Mi relación con Dios no es una absorción en la que mi fin es desaparecer en Él.

    Es, a mi parecer, todo lo contrario. Cuanto más me acerco a Dios, más debería descubrir quién soy realmente.

    Y es justo lo contrario de aquellas espiritualidades donde la meta final consiste en diluirse en un todo.

    El hombre puede entrar en una relación profunda con Dios sin que ninguno absorba al otro. Dios sigue siendo Dios. El hombre sigue siendo hombre. Precisamente en esa relación el “yo” se fortalece y alcanza su verdadera plenitud.

    Y creo que esto también nos ayuda a comprender el amor.

    Cuando amo verdaderamente a alguien no deseo que deje de ser quien es.

    • No quiero absorberlo.
    • No quiero eliminar su identidad.

    Quiero encontrarme con él.

    Quizá nuestra relación con Dios sea también la expresión más perfecta de eso.

    Él no me ama para borrarme.

    Me ama para que llegue a ser plenamente aquello para lo que fui creado.

    Y esto podemos experimentarlo en el resto de nuestras relaciones. En un noviazgo sano, un matrimonio o cualquier otra relación. Se busca conocerse, complementarse y crecer juntos. Una relación tóxica busca desaparecer a uno de ambos. Absorberlo hasta borrar su propia identidad.

    Es curioso que esta tendencia podamos verla en algunas corrientes modernas de espiritualidad. El volverse uno con el “universo”. Es decir, perder la identidad para fusionarte a un aparente todo que es realmente una total nada.

    Cuanto más quiero ser Dios, menos termino entendiendo quién soy

    Y aquí aparece una paradoja interesante.

    La Nueva Era suele presentar la divinización del hombre como una forma de exaltarlo.

    • “Eres creador de tu realidad”.
    • “Eres una manifestación de lo divino”.
    • “Eres Dios experimentándose a sí mismo”.

    En apariencia, el hombre queda colocado en lo más alto.

    Pero quizá ocurre exactamente lo contrario.

    Si todos somos una misma conciencia...

    • si todos somos una parte de un mismo Todo...
    • si mi individualidad es solamente una ilusión...
    • entonces mi identidad termina perdiendo valor.

    Ya no soy verdaderamente alguien.

    Soy una manifestación temporal de algo más grande.

    Y aquello que parecía elevarme termina disolviéndome.

    Y esta paradoja se puede expresar como:

    Cuando el hombre busca una libertad absoluta y termina divinizándose, no solamente pierde su relación con Dios, sino también aquello que lo constituye como persona.

    Entonces:

    Quizá la verdadera dignidad no consiste en decir “soy Dios”.

    Quizá consiste en poder decir:

    soy yo delante de Dios.

    No necesito ser Dios para tener valor

    Creo que esta es la conclusión a la que poco a poco he ido llegando.

    • No necesito ser Dios.
    • No necesito convencerme de que existe una divinidad escondida dentro de mí.
    • No necesito creer que puedo crear mi propia realidad.

    Tampoco necesito disolverme en el universo para sentirme parte de algo más grande.

    Ya pertenezco a algo mucho mayor.

    • Soy criatura de Dios.
    • Creado a su imagen.
    • Capaz de conocerlo.
    • Capaz de amarlo.
    • Capaz de responderle.
    • Capaz de decir “yo” y dirigirme a Él como “Tú”.

    Y cuando lo pienso así, ser criatura deja de parecer poco.

    Empieza a parecer inmenso.

    El hombre alcanza su plenitud cuando elige a Dios

    Después de reflexionar todo lo anterior, llego a una conclusión que coincide con lo que menciona el P. Lombardo:

    El hombre no se realiza alejándose de Dios. Ni mucho menos intentando ocupar su lugar.

    • Se realiza eligiéndolo.
    • Buscando su voluntad.
    • Entrando libremente en relación con Él.

    Y entonces podemos concluir que, contrario a lo que las nuevas espiritualidades nos indican, el hombre alcanza su mejor versión precisamente cuando elige a Dios y orienta su libertad hacia Él.

    Y esto puede parecer contradictorio desde la mentalidad actual.

    Porque solemos pensar que la libertad consiste en no depender de nadie.

    Pero quizá la libertad verdadera no consiste simplemente en poder elegir cualquier cosa.

    También importa aquello que elijo.

    Puedo ser libre para caminar hacia mi plenitud.

    O libre para alejarme de ella.

    Conócete a ti mismo

    Es tal vez la verdadera tarea para nosotros en la actualidad.

    • Redescubrir lo que somos.
    • No imaginarlo.
    • No reinventarlo.
    • Redescubrirlo.

    Somos imagen de Dios.

    Y creo que ahí está el comienzo de cualquier discernimiento serio.

    Porque si no sé quién soy, cualquier espiritualidad puede ofrecerme una identidad diferente.

    • Puede decirme que soy energía.
    • Que soy conciencia.
    • Que soy una chispa divina.
    • Que soy creador de mi propia realidad.

    Pero antes de aceptar cualquiera de esas afirmaciones quizá convenga regresar al principio.

    A aquello que Dios dijo sobre nosotros:

    “a nuestra imagen y semejanza”.

    No soy Dios.

    Pero llevo su imagen.

    No soy una parte de Él.

    Pero fui creado para encontrarme con Él.

    No soy una chispa divina perdida en el universo.

    • Soy una persona.
    • Tengo un nombre.
    • Una historia.
    • Una libertad.
    • Una identidad.
    • Y un Creador que me conoce.

    Tal vez no necesito descubrir una divinidad escondida dentro de mí. Tal vez necesito descubrir nuevamente aquello que ya soy ante Dios.

    • Su criatura.
    • Su imagen.
    • Alguien amado.

    Y quizá desde ahí podamos comenzar a entender todo lo que viene después.

    Porque si no sé quién es Dios y tampoco sé quién soy yo, cualquier espiritualidad puede convencerme de casi cualquier cosa.

    Pero si conozco al Creador y comienzo a comprender quién soy delante de Él, las cosas empiezan a verse con otra claridad.

    Cristo basta.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


    Jesucristo no es un maestro iluminado: es Dios hecho hombre

    Hay una diferencia que durante mucho tiempo quizá hemos dado por sentada, pero que hoy ya no podemos suponer que todos entienden de la misma manera.

    Decir “Jesús” no significa necesariamente que estemos hablando del mismo Jesús.

    Lo descubrí con más claridad al avanzar en este capítulo del P. Gustavo Lombardo. Después de hablar de Dios, de su trascendencia, de su carácter personal y de la diferencia entre el Creador y la creación, el libro llega a un punto que en realidad era inevitable: si hemos deformado nuestra idea de Dios, tarde o temprano también terminaremos deformando nuestra idea de Jesucristo. Y eso es precisamente lo que el autor advierte antes de entrar en la Encarnación. 

    Porque Jesús sigue presente en nuestra cultura. Su nombre aparece en canciones, películas, frases, redes sociales y conversaciones espirituales. Incluso personas que no se consideran cristianas suelen hablar de Él con admiración.

    El problema no está necesariamente en que Jesús desaparezca.

    Tal vez está en que lo convertimos en otra cosa.

    Un Jesús que todos pueden aceptar

    Hay algo curioso: muchas personas que rechazan a la Iglesia no necesariamente rechazan a Jesús.

    Dicen admirarlo.

    Lo consideran un gran maestro, un hombre extraordinario, un revolucionario, un guía espiritual, un ejemplo de amor o alguien que alcanzó un nivel superior de conciencia.

    Y a primera vista no parece haber nada malo en reconocer cosas buenas en Él.

    El problema aparece cuando eso es todo.

    Porque puedo llamar a Jesús maestro y no reconocerlo como Señor. Puedo admirar su mensaje y negar su divinidad. Puedo citar el Sermón de la Montaña, hablar del amor al prójimo y hasta utilizar sus palabras para construir una espiritualidad propia, mientras dejo de lado aquello que el cristianismo ha afirmado desde el principio:

    Jesucristo es Dios hecho hombre.

    • No un hombre que llegó a descubrir que era divino.
    • No alguien que alcanzó una conciencia superior.
    • No una manifestación temporal de una energía universal.

    Dios hecho hombre.

    Y esa diferencia cambia todo.

    Quizá hemos hecho con Cristo lo mismo que hicimos con Dios

    En los capítulos anteriores fui descubriendo cómo podemos conservar la palabra “Dios” mientras cambiamos poco a poco su significado.

    Ahora me doy cuenta de que puede ocurrir exactamente lo mismo con Jesús.

    • Conservamos su nombre.
    • Conservamos algunas de sus frases.
    • Conservamos imágenes suyas.
    • Incluso podemos conservar cierta admiración por Él.

    Pero quitamos aquello que resulta incómodo.

    • Su divinidad.
    • Su autoridad.
    • El pecado.
    • La conversión.
    • La cruz.
    • La necesidad de salvación.

    Y de esa manera podemos terminar con un Jesús mucho más fácil de aceptar.

    Un Jesús que inspira, pero no gobierna.

    Que acompaña, pero no exige.

    Que enseña, pero no tiene autoridad definitiva.

    Que propone un camino, pero no es el Camino.

    Y quizá ese Jesús sea atractivo precisamente porque no obliga a decidir demasiado.

    La pregunta sigue siendo la misma

    Mientras pensaba en esto recordé una de las preguntas más importantes del Evangelio.

    Jesús pregunta a sus discípulos:

    “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?”

    Esa pregunta no ha envejecido.

    De hecho, quizá hoy sea más necesaria que nunca.

    Porque puedo responder con palabras aprendidas. Puedo decir “el Hijo de Dios”, “el Salvador”, “el Señor”, porque así lo aprendí desde niño.

    Pero también necesito preguntarme si realmente comprendo lo que estoy diciendo.

    Porque si Jesús es verdaderamente Dios, entonces no puedo colocarlo al mismo nivel que cualquier otro maestro espiritual.

    No puedo decir que Buda, Jesús, Krishna, Mahoma o cualquier otro personaje religioso simplemente expresaron diferentes formas de una misma conciencia espiritual.

    Eso puede sonar respetuoso.

    Incluso inclusivo.

    Pero ya no es cristianismo.

    Dios no envió simplemente a un mensajero

    Aquí el capítulo del P. Lombardo comienza a entrar directamente en la Encarnación.

    La Iglesia llama “Encarnación” al hecho de que el Hijo de Dios asumió una naturaleza humana para realizar nuestra salvación. No significa que Dios simplemente utilizó a un hombre o que habitó temporalmente dentro de él. Tampoco significa que Jesús fuera un hombre excepcionalmente cercano a Dios.

    El Hijo eterno del Padre se hizo verdaderamente hombre. 

    Y mientras más pienso en esto, más entiendo por qué el cristianismo resulta tan difícil de acomodar dentro de una espiritualidad donde “todo es uno”.

    Porque la Encarnación supone que Dios y el hombre no son lo mismo.

    Si todos fuéramos divinos por naturaleza, ¿qué tendría de extraordinario que Jesús fuera Dios?

    Si cada ser humano fuera una chispa de la misma divinidad, la Encarnación dejaría de ser un acontecimiento único.

    Jesús sería simplemente alguien que descubrió antes que nosotros aquello que todos somos.

    Pero eso no es lo que enseña la fe cristiana.

    Jesús no descubrió que era Dios

    Esta idea aparece con frecuencia en ciertos discursos espirituales modernos: Jesús habría sido un hombre que alcanzó una conciencia especial de su propia divinidad y que vino a enseñarnos que nosotros podemos hacer lo mismo.

    Lo he visto expresado de muchas maneras.

    A veces se habla de “conciencia crística”.

    Otras veces de despertar espiritual.

    Y se presenta a Jesús como una especie de modelo de iluminación interior.

    El problema es que, si acepto esa idea, he cambiado completamente quién es Cristo.

    Jesús ya no sería el Hijo eterno que asume nuestra naturaleza.

    Sería un hombre que asciende espiritualmente hasta comprender que es divino.

    Y la dirección es completamente distinta.

    El cristianismo no afirma que un hombre llegó hasta Dios.

    Afirma que Dios descendió hasta el hombre.

    Ahí está una diferencia enorme.

    Verdadero Dios y verdadero hombre

    Este es uno de esos puntos donde la teología puede parecer complicada, pero en realidad protege algo muy sencillo.

    La Iglesia enseña que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.

    No mitad Dios y mitad hombre.

    No una mezcla.

    No una especie de ser intermedio.

    Verdaderamente Dios y verdaderamente hombre.

    El Catecismo, citado por el P. Lombardo, lo expresa con claridad: la Encarnación no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni una mezcla confusa de ambas cosas. Se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. 

    Y aquí aparece una palabra que puede sonar demasiado teológica: unión hipostática.

    Reconozco que no es una expresión que utilicemos normalmente en una conversación cotidiana.

    Pero vale la pena conocerla.

    Porque detrás de ese término está una verdad fundamental: en Cristo hay dos naturalezas, la divina y la humana, unidas en una sola Persona.

    La Persona del Hijo.

    La Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

    El libro insiste en que las naturalezas no se mezclan ni se destruyen; la unión se da en la Persona del Verbo. CAPITULO-02

    No necesito convertirme en especialista en metafísica para comprender lo esencial.

    Cuando Jesús tiene hambre, quien tiene hambre es el Hijo de Dios hecho hombre.

    Cuando Jesús llora, quien llora es el Hijo.

    Cuando toca al leproso, perdona los pecados, carga la cruz o muere, sigue siendo Él.

    Dios verdaderamente entró en nuestra historia.

    Eso cambia también la manera en que leo el Evangelio

    Si Jesús fuera solamente un maestro espiritual, podría leer sus palabras como consejos.

    Tomar algunos.

    Dejar otros.

    Quedarme con aquello que me ayuda.

    Pero si Jesús es Dios hecho hombre, entonces cuando habla no estoy frente a una opinión espiritual más.

    Y eso me confronta.

    Porque es relativamente sencillo admirar a Jesús.

    Mucho más difícil es obedecerlo.

    Me gusta escuchar:

    “Vengan a mí todos los que están cansados”.

    Pero quizá no me resulte igual de cómodo escuchar:

    “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”.

    Me gusta escuchar:

    “Yo tampoco te condeno”.

    Pero no siempre quiero llegar hasta:

    “Vete y no peques más”.

    Y entonces puedo caer en una tentación muy humana: construir un Jesús utilizando solamente las palabras que me gustan.

    Pero si Cristo es Dios, no puedo editarlo.

    Un Jesús reducido nunca podrá salvarme

    Aquí creo que aparece una de las consecuencias más importantes.

    Si convierto a Jesús solamente en maestro, ejemplo o guía, también cambio el sentido de la salvación.

    Un maestro puede enseñarme.

    Un filósofo puede hacerme pensar.

    Un guía puede mostrarme un camino.

    Pero ninguno de ellos puede salvarme del pecado.

    Y entonces también la cruz cambia de significado.

    Deja de ser el lugar donde el Hijo entrega su vida por nosotros y se convierte simplemente en un ejemplo de amor, una tragedia histórica o la consecuencia de enfrentarse al poder.

    Todo eso puede contener parte de verdad.

    Pero no alcanza.

    Porque la cruz cristiana tiene sentido precisamente porque quien está allí no es solamente un hombre bueno.

    Es el Hijo de Dios.

    El mismo que asumió nuestra naturaleza para nuestra salvación.

    La Nueva Era necesita reducir a Cristo

    Mientras sigo leyendo el libro, entiendo mejor por qué el P. Lombardo afirma que Cristo es uno de los grandes olvidados y atacados dentro de la Nueva Era. 

    Y no necesariamente porque se elimine su nombre.

    A veces sucede algo más inteligente.

    Se lo incluye.

    Pero se lo redefine.

    Jesús puede entrar mientras sea maestro.

    Mientras sea iluminado.

    Mientras sea símbolo.

    Mientras sea una manifestación más de lo divino.

    Mientras no sea el único Salvador.

    Porque cuando afirmo que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, ya no puedo colocarlo simplemente al lado de todas las demás figuras religiosas como una opción equivalente.

    Y eso incomoda profundamente a una espiritualidad que necesita que todos los caminos sean finalmente iguales.

    Aquí aparece una palabra difícil: único

    Vivimos en una época donde afirmar que algo es único puede interpretarse inmediatamente como intolerancia.

    Pero la fe cristiana no afirma la unicidad de Cristo porque desprecie a los demás.

    La afirma porque cree algo concreto acerca de Él.

    Si Jesús es Dios hecho hombre, entonces necesariamente ocupa un lugar distinto.

    No porque los cristianos decidimos darle ese lugar.

    Sino por quién es.

    Al final de esta sección, el P. Lombardo recuerda precisamente esa verdad: Cristo posee naturaleza divina y humana en una sola Persona y es el único Salvador de los hombres. El capítulo termina con la afirmación de los Hechos de los Apóstoles de que no hay otro nombre dado a los hombres por el cual debamos ser salvados.

    Y aquí también tengo que preguntarme qué hago yo con esa afirmación.

    Porque es fácil repetir:

    “Cristo basta”.

    Pero si realmente lo creo, entonces también debo aceptar que no necesito complementar a Cristo con otras salvaciones.

    A veces quiero a Cristo y algo más

    Tal vez aquí está una de las partes que más me confrontan personalmente.

    No siempre dejamos a Cristo.

    A veces simplemente sentimos que no basta.

    • Cristo y astrología.
    • Cristo y energías.
    • Cristo y manifestación.
    • Cristo y decretos.
    • Cristo y otras espiritualidades.
    • Cristo y cualquier otra cosa que nos ayude “por si acaso”.

    Y así podemos terminar construyendo una especie de fe híbrida donde Jesús sigue estando presente, pero ya no ocupa realmente el centro.

    Porque si necesito otra fuerza, otro conocimiento, otra técnica espiritual o una revelación paralela para completar aquello que Cristo supuestamente no me da, entonces quizá en el fondo todavía no creo que Él basta.

    Y ahí la frase que da nombre a esta serie deja de ser un título bonito.

    Se convierte en una pregunta.

    ¿Cristo basta para mí?

    María también protege esta verdad

    Hay un detalle del capítulo que podría parecer secundario, pero me parece muy significativo.

    El P. Lombardo recuerda que la Iglesia llama a María Madre de Dios precisamente porque aquel que nació de ella no es una persona humana separada del Hijo eterno.

    El hijo de María es el Hijo eterno del Padre hecho hombre. 

    Y entonces entiendo mejor por qué esta expresión mariana es mucho más que una devoción.

    Cuando decimos “Madre de Dios” estamos protegiendo una verdad sobre Cristo.

    No afirmamos que María exista antes que Dios o que sea origen de su divinidad.

    Afirmamos que el hijo que llevó en su vientre es verdaderamente Dios.

    Otra vez todo vuelve a Jesús.

    Incluso cuando hablamos de María.

    El cristianismo depende de esta pregunta

    Puedo equivocarme en muchas cosas secundarias y seguir siendo cristiano.

    Pero no puedo quitar a Cristo del centro y conservar intacta la fe.

    Si Jesús no es Dios hecho hombre, el cristianismo cambia completamente.

    • La Encarnación pierde sentido.
    • La cruz cambia.
    • La Resurrección cambia.
    • La Eucaristía cambia.
    • La salvación cambia.

    Incluso la oración cambia.

    Porque entonces ya no estoy encontrándome con Dios que vino hasta mí.

    Estoy siguiendo simplemente a otro maestro religioso.

    Y creo que por eso esta cuestión no puede reducirse a una discusión teológica.

    Es mucho más personal.

    ¿Quién es Jesús para mí?

    Al final, la pregunta regresa.

    No qué dice el mundo.

    No qué afirma la Nueva Era.

    Ni siquiera qué aprendí de memoria en el catecismo.

    ¿Quién es Jesús para mí?

    ¿Es alguien a quien admiro?

    ¿Un maestro cuyas frases comparto?

    ¿Alguien al que recurro cuando estoy en problemas?

    ¿O realmente es mi Señor?

    Porque si es Dios hecho hombre, entonces mi relación con Él no puede limitarse a admirarlo.

    Tengo que decidir si le creo.

    Si confío.

    Si lo sigo.

    Si acepto incluso aquello que me cuesta.

    Y probablemente ahí está la diferencia entre tener simpatía por Jesús y tener fe en Cristo.

    Conclusión: no quiero reducir a Cristo para hacerlo más cómodo

    Creo que este es uno de los riesgos de nuestro tiempo.

    No necesariamente eliminar a Jesucristo.

    Reducirlo.

    Hacerlo suficientemente amplio para que todos puedan aceptarlo, pero quitándole precisamente aquello que lo hace único.

    Un Jesús sin divinidad.

    • Sin autoridad.
    • Sin cruz.
    • Sin pecado que perdonar.
    • Sin salvación que ofrecer.

    Un maestro admirable, pero nada más.

    Y ese Jesús quizá pueda convivir perfectamente con cualquier espiritualidad.

    Pero no es el Cristo de la fe.

    Yo no necesito solamente un maestro que me diga cómo vivir mejor.

    Necesito a quien pueda salvarme.

    No necesito descubrir que soy divino.

    Necesito que Dios venga a buscarme.

    No necesito elevarme hasta Él mediante una técnica.

    Él descendió hasta mí.

    Se hizo hombre.

    Entró en nuestra historia.

    • Tuvo un rostro.
    • Un cuerpo.
    • Una voz.
    • Una cruz.
    • Y resucitó.

    Jesucristo no es simplemente una manifestación más de lo divino.

    Es Dios hecho hombre.

    Y si Él es quien dice ser, entonces no necesito buscar otro Salvador.

    Cristo basta.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


    El dios que cabe en todo termina no siendo nadie

    El secreto de las nuevas verdades no está en si lo son o no. El peso de la verdad hoy en día está en la repetición. Hoy en día, terminamos repitiendo algo hasta que su peso se ve distorsionado. Nos bombardean con ellas hasta que, de tanto escucharlas o leerlas, nos acostumbramos y no cuestionamos.

    El poder de la repetición es tal que podemos presenciar esta invasión en nuestro día a día y no nos percatamos: una imagen en un espectacular, vídeos repetitivos que se hacen tendencia. Frases que parecen, en un inicio, extrañas o sin sentido y las convertimos en “mantras”, parte de nuestras vidas.

    Y la rapidez con la que llevamos nuestra cotidianeidad nos lo hace sutil. Imperceptible. Llega un momento en que ya no nos detenemos a pensar qué significa realmente.

    Algo así es lo que, sin darnos cuenta, está pasando con Dios. De ser un ser divino, lo hemos convertido en un sinnúmero de cosas.

    • Para unos es energía.
    • Para otros es universo.
    • Para otros es una conciencia.
    • Para otros una fuerza interior.
    • Para otros es simplemente el todo.
    • Para otros solamente es “algo”.

    Y de esta manera vamos haciendo más amplio el concepto. Y más difícil se vuelve saber de quién estamos hablando. Y la pregunta que me llega es:

    ¿Puede una idea de Dios volverse tan amplia que termine vaciándose completamente?

    Porque si Dios puede ser cualquier cosa... entonces, quizá termina no siendo nadie.

    El problema antes era negar a Dios. Hablar con un ateo o un no creyente era todo un tema. Pero era eso: un tema. Como católico, ese era el mayor problema de la fe. Un “Dios no existe”, ese era nuestro mayor conflicto. Y de ahí podíamos partir, de una diferencia.

    Ahora la simpleza se volvió complejidad. Partimos de una negación a una completa inclusión que termina diluyendo quién es Dios verdaderamente para el hombre actual.

    Nuestro concepto actual de Dios, para el hombre moderno, se ha vuelto una diversidad tan compleja como peligrosa. Hoy dejamos de hablar de Dios para dar paso a la “espiritualidad” y eso, por irónico que se escuche, nos está alejando más de Dios.

    Hemos conservado el nombre, pero hemos perdido a la Persona. Seguimos usando el nombre de “Dios”, pero su esencia la hemos diversificado. Hemos creado frases en las que seguimos incluyendo su nombre, pero no su significado:

    Puedo decir Dios y haber cambiado su contenido:

    • Dios me acompaña, pero pensar en una energía.
    • Dios está dentro de mí, pero imaginar que soy una parte de la divinidad.
    • Hablamos de “bendiciones” y estar pensando en las “buenas vibras”.
    • Hablamos de la “Providencia”, pero realmente pensamos en un universo acomodando las cosas de acuerdo a lo que yo manifiesto.

    Incluimos los términos, pero no así su significado. Lo hacemos porque así lo vemos. Escuchamos en personalidades lo bien que les va haciéndolo, que terminamos imitándolos. Por eso entra con tanta facilidad en nuestras vidas.

    La Nueva Era ha entrado en lo más recóndito de nuestras tradiciones y cultura. En nuestros más íntimos pensamientos; que ya no llega diciendo: “abandona tu fe”.

    Han encontrado una mejor forma de combatir nuestra fe: no combatiéndola, sino introduciéndola y mezclándola a sus ideas.

    Ya no es un “abandona tu fe”. Llega diciendo: “esto también puede formar parte de ella”. Y es como se va mezclando en nuestra mentalidad. Se moldea a las nuevas tendencias mientras adormece nuestra fe. Ya no buscamos informarnos, simplemente creemos lo que nos muestran y no cuestionamos.

    Pero ¿y si nos detenemos un momento y vemos las consecuencias que surgen de nuestra confusión?

    • Si Dios es todo...
    • si es naturaleza...
    • si es energía...
    • si es conciencia...
    • si es universo...
    • si es cada persona...
    • si es todo cuanto existe...

    entonces, ¿dónde queda Dios como Alguien?

    • ¿Dónde queda su voluntad?
    • ¿Dónde queda su inteligencia?
    • ¿Dónde queda su libertad?
    • ¿Dónde queda su capacidad de amar?

    El P. Lombardo, siguiendo la reflexión filosófica y teológica que presenta en el libro, recuerda varias realidades fundamentales al hablar de Dios: es espíritu puro, primera causa creadora, libre, personal, providente y trascendente. No estamos hablando de una sustancia indefinida, sino de un Dios real que es distinto de su creación.

    Y eso marca una diferencia enorme.

    • Porque una energía simplemente está.
    • Una Persona puede amar.
    • Una fuerza actúa.
    • Una Persona puede querer.
    • Una vibración no conoce mi nombre.

    Dios sí.

    El dios impersonal tiene una ventaja: nunca me contradice.

    Aquí creo que aparece algo profundamente humano.

    ¿Por qué puede resultar atractivo un dios impersonal?

    Y en un mundo como en el que vivimos tiene un atractivo que llega a competir con la lógica.

    Y eso es porque tal vez es mucho más fácil de manejar.

    Una energía no tiene voluntad.

    Por tanto, no puede tener una voluntad distinta a la mía.

    El universo no puede pedirme que cambie.

    Una conciencia cósmica no puede corregirme.

    Una fuerza espiritual no puede decirme:

    “Eso que haces está mal”.

    Y aquí empieza a entenderse el atractivo.

    • Puedo tener espiritualidad sin obediencia.
    • Trascendencia sin conversión.
    • Paz sin arrepentimiento.
    • Experiencia sin compromiso.

    Incluso puedo construir una relación espiritual completamente adaptada a mis necesidades.

    • Todo cabe.
    • Nada contradice.
    • Nada molesta.
    • Nada exige demasiado.

    Pero aquí cabe el dato incómodo de ese “dios a mi manera”. Se parece demasiado a mí.

    Si Dios piensa siempre como yo, quizá el problema soy yo.

    Esta idea ya ha aparecido en otros capítulos, pero creo que vale la pena volver a ella desde otro ángulo.

    • Si mi idea de Dios siempre coincide conmigo...
    • Si nunca me corrige...
    • Si nunca me exige...
    • Si nunca me incomoda...
    • Si siempre justifica exactamente aquello que quiero hacer...

    ¿Estoy encontrándome realmente con Dios?

    ¿O estoy proyectándome a mí mismo?

    Es una pregunta incómoda. Ciertamente lo fue para mí cuando hice mi discernimiento.

    Porque resulta muy fácil reconocer los errores ajenos. Pero mucho más difícil es descubrir cuándo he acomodado a Dios a mis propias categorías.

    Puedo criticar a quien habla de energías.

    Pero al mismo tiempo crear dentro de mí un dios que siempre está de acuerdo conmigo.

    Puedo defender la doctrina correcta y, en la práctica, vivir como si mi criterio personal fuera la última palabra.

    Y entonces el problema ya no está fuera.

    Está dentro.

    Dios no necesita adaptarse a mí, a mi entorno o a mi época. Estamos tan acostumbrados a que hoy en día las cosas se deben adaptar a mí. Actualizarse.

    • Aplicaciones.
    • Tecnología.
    • Lenguaje.
    • Modelos sociales.
    • Formas de comunicación.

    Y está bien que esto suceda en algunos ámbitos. Es natural y parte de nuestro desarrollo social. Pero quizá en esas actualizaciones hemos olvidado que no todo y no todos forman parte de esa dinámica. Dios es uno de ellos.

    Hacer una actualización a Dios es tan incoherente que es cómico pensar que no nos hemos dado cuenta de que ya lo hacemos:

    • Un Dios menos exigente.
    • Más flexible.
    • Más adaptable.
    • Más acorde con “los nuevos tiempos”.
    • Un Dios que no hable demasiado de pecado.
    • Que no incomode con la verdad.
    • Que no establezca límites.
    • Que no tenga demasiado que decir sobre cómo vivo.

    Y a eso podemos llamarlo evolución espiritual.

    Pero quizá no hemos evolucionado nuestra comprensión de Dios. Quizá simplemente lo hemos reducido.

    Dios es más grande que mi idea de Dios.

    Hay algo del capítulo del P. Lombardo que me parece necesario conservar junto a toda esta reflexión.

    Aunque podemos conocer verdaderamente a Dios, nunca podemos agotarlo con nuestra inteligencia.

    Dios es infinitamente mayor que aquello que puedo pensar sobre Él.

    Esto puede parecer contradictorio con lo anterior.

    Si no puedo comprender completamente a Dios, ¿cómo puedo decir qué no es?

    Precisamente porque una cosa es reconocer el misterio y otra inventar.

    No conocer completamente a Dios no significa que cualquier idea acerca de Él sea válida.

    No entiendo completamente el amor.

    Pero puedo distinguirlo del odio.

    No comprendo completamente la vida.

    Pero puedo distinguirla de la muerte.

    No comprendo completamente a Dios.

    Pero la Revelación me permite saber que no es una piedra.

    Que no es una energía impersonal.

    Que no soy yo.

    Que no es idéntico al universo.

    Que es Creador.

    Que es personal.

    Que ama.

    Que quiere.

    Que se revela.

    El misterio no elimina la verdad.

    La hace más profunda.

    A veces llamamos “misterio” a lo que simplemente no queremos definir.

    Esta es otra cosa que veo con frecuencia.

    Cuando una idea espiritual empieza a volverse confusa, aparece una salida cómoda:

    “Es que Dios es demasiado grande para ponerle límites”.

    Suena razonable.

    Y, en parte, lo es.

    Pero cuidado.

    Porque podemos utilizar esa afirmación para introducir cualquier cosa.

    • “Dios puede ser energía”.
    • “Dios puede ser el universo”.
    • “Dios puede ser conciencia”.
    • “Dios puede ser todas las religiones”.
    • “Dios puede ser lo que cada quien sienta”.

    Y cuando preguntas cómo sabemos eso, la respuesta termina siendo:

    “Dios es misterio”.

    Pero reconocer el misterio de Dios no significa vaciarlo de identidad.

    Al contrario.

    El cristianismo afirma que ese Dios que supera mi inteligencia decidió revelarse.

    No para que lo encerrara en una definición.

    Sino para que pudiera conocerlo realmente.

    Dios quiso darse a conocer.

    Esto me parece fundamental.

    La fe cristiana no comienza con el hombre intentando imaginar cómo debe ser Dios.

    Comienza con Dios revelándose.

    • Dando su nombre.
    • Hablando.
    • Actuando.
    • Entrando en la historia.
    • Formando una alianza.
    • Y finalmente haciéndose hombre.

    El Dios cristiano no permanece escondido detrás de todas las religiones esperando que cada quien construya su propia interpretación.

    Se da a conocer.

    Y si Dios se da a conocer, entonces aquello que revela sobre sí mismo importa.

    No puedo decir:

    “Dios es como yo quiera entenderlo”.

    Porque entonces ya no estoy recibiendo una Revelación.

    Estoy construyendo una opinión.

    Un Dios personal crea una relación personal.

    El P. Lombardo insiste en que Dios no puede reducirse a algo amorfo o indeterminado. Habla de un Dios personal, de un Alguien que conoce y ama, dotado de inteligencia y voluntad.

    Y creo que eso cambia completamente la espiritualidad.

    Porque si Dios es Alguien, yo puedo encontrarme con Él.

    No necesito “conectarme con una frecuencia”.

    Puedo orar.

    No necesito “alinearme con el universo”.

    Puedo confiar.

    No necesito “manifestar”.

    Puedo pedir.

    No necesito manipular fuerzas invisibles.

    Puedo abandonarme en un Padre.

    La diferencia parece sencilla.

    Pero espiritualmente cambia todo.

    El problema del dios que nunca habla.

    Hay algo extraño en algunas espiritualidades modernas.

    Hablan muchísimo de “lo divino”.

    Pero ese dios casi nunca dice nada.

    • No enseña.
    • No manda.
    • No corrige.
    • No establece una alianza.
    • No llama por el nombre.
    • No perdona.
    • No promete.
    • No revela.

    Simplemente “es”.

    Y cada persona termina interpretándolo desde sí misma. Por eso empiezo a preguntarme:

    ¿qué diferencia real existe entre ese “dios” y mi propia conciencia?

    • Si siempre soy yo quien decide qué significa...
    • si siempre soy yo quien interpreta...
    • si siempre soy yo quien establece qué quiere...
    • si nunca existe una palabra que venga realmente de fuera de mí...

    ¿no terminé hablando conmigo mismo?

    La Providencia también desaparece.

    Si Dios se convierte en energía o universo, hay algo más que se pierde: la Providencia.

    • Una energía no cuida.
    • Una fuerza no conduce.
    • Una vibración no tiene un propósito para mí.

    Pero el Dios cristiano sí es providente.

    Esto no significa que todo salga como yo quiero. Significa que existe una voluntad, una inteligencia y un amor que trascienden mi comprensión. Que incluso aquello que no comprendo puede ser vivido en confianza.

    Y aquí encuentro otra diferencia importante.

    La Nueva Era muchas veces intenta darme herramientas para controlar lo que viene.

    La Providencia me enseña a confiar.

    Una dice:

    “aprende a atraer”.

    La otra me invita:

    “aprende a abandonarte”.

    Y reconozco que la segunda es mucho más difícil.

    Porque exige fe.

    No necesito un dios que pueda controlar.

    Esta frase me parece importante incluso para mí mismo.

    No necesito un dios que pueda controlar. Porque si puedo controlar a mi dios, entonces probablemente no es Dios.

    • Si depende de mis decretos...
    • de mis vibraciones...
    • de mi nivel de conciencia...
    • de mi capacidad de manifestar...

    entonces toda la espiritualidad termina dependiendo nuevamente de mí.

    • Yo produzco.
    • Yo atraigo.
    • Yo decreto.
    • Yo creo.
    • Yo decido.
    • Yo controlo.

    Y otra vez aparezco en el centro.

    Pero el cristianismo me obliga a abandonar ese centro.

    Dios es Dios.

    Yo no.

    Y lejos de sentirlo como una humillación, cada vez me parece más liberador.

    Decir “Dios” no significa necesariamente creer en Dios.

    Quizá esta sea una de las conclusiones más incómodas de esta reflexión.

    No basta utilizar la palabra.

    Podemos hablar de Dios y, sin embargo, haber construido una idea completamente distinta.

    Podemos llenar nuestra vida de frases espirituales y haber dejado fuera al Dios personal.

    Podemos incluso conservar símbolos cristianos y mezclarlos con una visión del mundo que ya no es cristiana.

    Por eso discernir también exige preguntar:

    ¿Qué entiendo cuando digo Dios?

    • ¿Es Creador o parte del universo?
    • ¿Es personal o una energía?
    • ¿Tiene voluntad o simplemente responde a la mía?
    • ¿Es providente o tengo que manipular fuerzas para asegurar mi futuro?
    • ¿Es trascendente o es solamente algo dentro de mí?
    • ¿Me creó o soy parte de su propia sustancia?

    Las respuestas importan y mucho.

    Quizá el ateísmo no siempre se presenta diciendo “Dios no existe”.

    Esta idea del libro me dejó pensando.

    Estamos acostumbrados a reconocer el ateísmo cuando niega a Dios.

    Pero puede existir algo más sutil.

    No negar la palabra.

    Vaciarla.

    Seguir diciendo “Dios”, pero sustituirlo por otra realidad.

    Y entonces podríamos llegar a una sociedad profundamente espiritual...

    • llena de energías...
    • llena de manifestaciones...
    • llena de conciencia...
    • llena de rituales...
    • llena de mensajes sobre el universo...

    y, sin embargo, profundamente alejada del Dios verdadero.

    Eso sí me parece preocupante. Porque es mucho más difícil buscar a alguien cuando uno cree que ya lo encontró.

    Cristo vuelve a ponerle rostro a Dios.

    Y nuevamente todo termina llevándome a Cristo.

    Porque frente a todas las definiciones vagas aparece Él.

    Jesucristo.

    • No una energía.
    • No una idea.
    • No una conciencia universal.

    Una Persona.

    • Habla.
    • Mira.
    • Toca.
    • Llora.
    • Ama.
    • Corrige.
    • Perdona.
    • Llama.
    • Muere.
    • Resucita.

    Y en Él, Dios deja de ser una palabra que puedo llenar con cualquier significado.

    Dios tiene rostro.

    En el próximo capítulo tendremos que detenernos precisamente ahí.

    Porque quizá una de las mayores diferencias entre el cristianismo y muchas espiritualidades modernas está en esta pregunta:

    ¿Quién es realmente Jesucristo?

    Conclusión: no quiero llamar Dios a cualquier cosa.

    Después de todo esto, creo que la pregunta vuelve hacia mí.

    Cuando digo:

    “Creo en Dios”...

    ¿qué estoy afirmando?

    • No quiero utilizar su nombre simplemente porque suena espiritual.
    • No quiero convertirlo en una palabra cómoda donde pueda guardar cualquier idea.
    • No quiero fabricar un dios tan amplio que no pueda decir nada concreto sobre Él.
    • No quiero un dios que se parezca demasiado a mí.

    Quiero conocer al Dios que existe.

    • Al Dios que me creó.
    • Al Dios que me conoce.
    • Al Dios que tiene voluntad.
    • Al Dios que es providente.
    • Al Dios que es infinitamente mayor que yo y, aun así, decidió acercarse.
    • Al Dios que no cabe dentro de mis ideas.

    Pero que quiso darse a conocer.

    Porque si Dios termina siendo todo...

    puede terminar no siendo nadie.

    Y yo no necesito “algo”.

    Necesito a Alguien.

    Necesito al Padre.

    Necesito a Cristo.

    Cristo basta.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


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