En un mundo donde las palabras dan significado a nuestro ser, a nuestro pensar y a todo aquello que intentamos expresar, terminamos dando por sentado que todo aquello que entendemos lo entenderán los demás. Del mismo modo en que nosotros vemos o sentimos, dejamos como una verdad que todos los demás lo definirán por igual:
- Amor
- Verdad
- Libertad
- Fe
- Dios
Decimos “Dios” con una naturalidad al día de hoy que pareciera que lo sacro de su persona pasara a ser un mero adjetivo para “expresar” solamente un sentimiento o emoción:
- Sabrá Dios
- Dios quiera
- Gracias a Dios
- Yo creo en Dios
- Dios está en todas partes
Y de expresiones así pasamos a un nuevo nivel de despersonalización. Dios no es más una persona. Hay quienes lo comienzan a “manifestar”, a darle una naturaleza finita como: “fuerza superior”, “universo”, “energía”, y ese camino va dando más y más descripciones ya no de un —Alguien— sino de un “algo”.
Siendo así, la pregunta que me viene a la mente es: cuando digo que creo en Dios, ¿de qué Dios estoy hablando?
Una pregunta, a primera vista, sencilla de responder. Pero no lo es si ponemos atención y reflexionamos. Porque puedo estar usando la palabra correcta, pero, a la vez, estar pensando en algo completamente distinto.
Porque puedo decir:
- Dios y pensar en “energía”.
- Providencia y pensar en “universo”.
- Oración y pensar en “manifestación”.
- Presencia de Dios y pensar en una fuerza cósmica dispersa en todo.
La incursión de otras filosofías, pensamientos o ideologías en la vida del cristiano es sutil y de fácil disolución en su día a día. Porque las personas continúan usando palabras cristianas, pero ya no están hablando del Dios cristiano. Y eso es algo que debe preocuparnos.
Tal vez hemos vaciado la palabra Dios
En el segundo capítulo del libro del padre Gustavo Lombardo, De espaldas a Dios, esta pregunta es un cuestionamiento que obliga a detenerse y reflexionar sobre ello: ¿podemos conservar la palabra Dios y haber cambiado completamente su significado?
Si nos detenemos a mirar en retrospectiva y lo pensamos por un minuto, no hace falta negar a Dios para alejarnos de Él. ¿Cómo podría ser esta forma de desligarnos del concepto de Dios cristiano y diluirlo en otra concepción?
No necesitamos negarlo. Tal vez, por el contrario, otras corrientes nos invitan a mantener la palabra y la idea de trascendencia y fuerza. Incluso continúan con la razón de divinidad. Sin embargo, esas corrientes se mezclan con nuestra fe y comienzan a “inventar”.
No hace falta negarlo, basta con:
Construir un dios cómodo.
- Un dios que no juzga.
- Un dios que no corrige.
- Un dios que no pide conversión.
- Un dios que se amolde a mi propia voluntad.
- Un dios a quien no se responde.
- Un dios que uso para sentirme mejor.
- Un dios que no me contradice.
- Un dios que piensa como yo.
- Un dios que funciona como genio de la lámpara.
Y de esta manera, introduciendo corrientes ideológicas, filosofías modernas de conformismo y modas que suenan bien, sucede que, aunque siga usando su nombre, ya no estoy adorando a Dios. Estoy adorando una idea mía.
Esta es básicamente la idea que hoy en día se practica en muchas áreas del pensamiento. Adoro mi propia idea, mi comodidad, mi sentir y le llamo dios para complacer mi falta de verdad. Adoro a un falso dios: a mí. Limitado, con heridas, con situaciones que me moldean y, desde una visión estrecha, me amoldo tan solo cambiando el concepto y manteniendo una palabra ya vacía.
El Dios al que sirvo
En la Biblia podemos encontrar una expresión de san Pablo que aparece en el libro del P. Gustavo y que me parece profundamente personal:
“El Dios a quien pertenezco y a quien doy culto”
Es breve, pero de gran contenido fundamental para la fe y la teología. Esta frase aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en su capítulo 27. Pablo no estaba elaborando una teoría acerca de “una energía superior”. Él hablaba de Alguien.
San Pablo es claro al decir: “El Dios a quien pertenezco”. Una primera contrariedad contra lo que se asume hoy en día. Yo pertenezco a Dios y no al contrario. Dios no me pertenece. Yo soy parte de su creación y cristiano con todo lo que conlleva. Pablo no se pertenece, no le pertenece al Imperio romano, no reconoce otro señorío sino el de Dios, su Señor.
San Pablo confirma en esa expresión que le pertenece a Dios. Por tanto, él habla de Alguien:
- De un Dios al que le pertenecía.
- De un Dios en quien confiaba.
- De un Dios capaz de hablar, prometer y actuar.
Siendo así, considerando que me reconozco cristiano, entonces: ¿podría yo hablar así de Dios? No es un simple “creo que existe”. Es decir, ¿soy capaz de comprender la magnitud de esta pregunta y responder con claridad: le pertenezco?
Esa diferencia es enorme. Y para algunos podría parecer imperceptible la distinción en ello. Porque creer que existe algún poder superior puede no cambiar tanto mi vida. Pero reconocer que —pertenezco— a Dios, eso cambia la manera de comprender quién soy.
Ya no soy dueño absoluto de mí mismo. No soy alguien inventado. Mi existencia deja de tener un motivo aleatorio. Hay una razón para que yo esté hoy aquí. Un motivo.
Y si vamos más allá: mi origen dejó de ser yo mismo. Soy dueño de mi destino, pero mi destino tiene un fin último. No es un cúmulo de resultados que me llevan a una consecuencia al final de mi existencia, sino un camino en el que mis decisiones son caminos de aprendizaje para comprender ese fin último.
Y eso, eso aparta totalmente el concepto de mi centralidad.
No soy Dios.
Soy criatura.
Pertenezco a Aquel que me ha creado.
Sé que esto sonará incómodo y radical en una época tan obsesionada con la “autonomía” absoluta. Sin embargo, entender esto, el fin último, y conocer que hay un Creador que me formó desde su infinito amor y que libremente me permite aceptarlo y entregarme a Él para disponer mi vida según sus propósitos, eso me resulta liberador.
- No necesito inventarme.
- No necesito salvarme solo.
- No necesito controlar el universo.
- No necesito cargar sobre mis hombros el peso de ser mi propio dios.
Dios no es “algo”
Aquí toma en cuenta que estamos partiendo de una realidad que dará distinciones más importantes en lo sucesivo y que es necesaria para entender lo que vendrá en los capítulos siguientes.
- Para la fe católica, Dios no es “algo”.
Es Alguien.
Y esto lo cambia todo. Porque:
- Una energía no me conoce.
- Una vibración no me ama.
- Una fuerza cósmica no me llama por mi nombre.
- El universo no perdona mis pecados.
- La materia no escucha mis oraciones.
- Una frecuencia no entrega su vida por mí.
Sé que vivimos en una cultura donde nos han presentado que la fe es arcaica, retrógrada y esclavizadora. Y que, de la mano con esto, nos han querido vender la idea de que la libertad y el amor solo pueden ser recibidos desde una divinidad que se adecúe a nuestra forma de pensar y ser. Que “acompañe” nuestras imperfecciones y nos “acepte” así, sin esperar un crecimiento y cambio.
Claro que suena tentador mantenerse en ese lugar.
Pero lo que no te pueden dar es lo que Dios da. Porque Dios te conoce.
- Dios ama.
- Dios quiere.
- Dios crea.
- Dios llama.
- Dios perdona.
- Dios entra en relación conmigo.
Considero que, en el capítulo que el P. Lombardo nos comparte, eso es lo que nos quiere señalar. Él habla de la dimensión personal de Dios:
Si Dios es Creador, libre, capaz de darse a conocer y de amar, entonces no puede reducirse a una energía impersonal o a un “algo” indefinido. Estamos hablando de un Alguien con inteligencia y voluntad.
Y tomando esto con verdadera consideración, reflexionando al respecto, veremos que muchas espiritualidades modernas comienzan a tomar otro rumbo.
- Hablan de “lo divino”.
- De “energía universal”.
- De “conciencia”.
- De “fuente”.
- De “todo”.
Pero cada vez cuesta más encontrar un Tú.
Y si no hay un Tú, tampoco puede existir una relación verdadera.
Una cosa es sentir energía y otra encontrarse con Dios
En este punto, cabe tener especial atención y leerlo con detenimiento.
Hay experiencias humanas reales que pueden sentirse intensas:
- Silencio.
- Música.
- Naturaleza.
- Meditación.
- Respiración.
- La puesta de sol.
- Una montaña.
- El nacimiento de un hijo.
- Una iglesia en silencio.
- Un momento de profunda emoción.
Y podemos percibir algo que nos supera. Eso no tiene nada de extraño. Podemos decir que es parte de la naturaleza del ser humano. Somos seres con percepción, a través de nuestros sentidos y conciencia.
El problema empieza cuando queremos identificar todo ello con una trascendencia de Dios.
Sentir algo no significa necesariamente haberse encontrado con Dios.
Podemos experimentar paz escuchando el mar. Pero el mar no es Dios.
Podemos sentir nuestra pequeñez ante la mirada del cielo y sus estrellas. Pero las estrellas no son Dios.
Podemos experimentar bienestar mediante determinadas técnicas. Pero ese bienestar no es Dios.
Podemos sentir una profunda conexión emocional. Pero la emoción tampoco es Dios.
La creación puede hablarme de su Creador. Puede conducirme a Él. Puede despertar en mí admiración por todo lo creado. Pero no debo confundir la obra con el Autor.
Suena tal vez obvio. Pero deja de serlo cuando perdemos esa perspectiva.
Y la perdemos cuando comenzamos a darle el nombre del Autor a cada obra creada.
Dios está presente en todo, pero no todo es Dios
Otro punto para reflexionar y diferenciar.
La fe católica enseña que Dios está presente en su creación. Vivimos en Él. Existimos porque Él nos sostiene. Nada puede existir independientemente de Él.
Importante comprender esta definición: una cosa es decir que Dios está presente en la creación y otra muy distinta decir que la creación es Dios.
El P. Lombardo insiste en esta distinción: Dios es “Otro”, distinto de la criatura. Trasciende el mundo y la historia y, precisamente porque es Creador, puede estar íntimamente presente en aquello que ha creado sin identificarse con ello.
Y esto nos regala un hermoso entendimiento:
- Dios está más cerca de mí de lo que puedo imaginar. Pero no soy Dios.
- La naturaleza revela algo de Él. Pero la naturaleza no es Dios.
- El universo existe por Él. Pero el universo no es Dios.
- Mi alma procede de su acción creadora. Pero no es una porción de Dios atrapada dentro de mi cuerpo esperando regresar al Todo.
En sencillas palabras:
Soy criatura.
Él es Creador.
¿Y lo hermoso de ello?
Que aunque la distancia entre ambos parece infinita, Él quiso acercarse.
Y eso es muchísimo más sorprendente que decir simplemente que “todo es Dios”.
Si todo es Dios, entonces Dios termina no siendo nadie
A primera vista, decir “Dios está en todo y todo es Dios” puede parecer una idea espiritual muy profunda.
Incluso puede sonar hermosa.
Pero cuando uno empieza a pensarla con calma aparecen problemas.
Si Dios es el árbol...
Y también la piedra...
Y también yo...
Y también tú...
Y también todo cuanto existe...
Entonces la diferencia entre Dios y la creación desaparece.
Y si desaparece esa diferencia, también comienza a desaparecer la posibilidad de relación.
Porque ya no hay un “yo” frente a un “Tú”.
Todo queda absorbido dentro de una misma realidad.
- La oración deja de ser encuentro. Se vuelve introspección.
- La salvación deja de venir de Otro. Se vuelve descubrimiento interior.
- El pecado deja de ser ruptura con Dios. Se vuelve ignorancia de mi propia divinidad.
Y Cristo deja de ser Salvador.
Porque si yo ya poseo lo divino por naturaleza, ¿de qué necesitaría ser salvado?
Creo que aquí empieza a notarse por qué una idea aparentemente pequeña acerca de Dios termina cambiando absolutamente todo.
El dios que invento siempre se parece demasiado a mí
Hay algo que personalmente me parece todavía más incómodo.
Resulta relativamente sencillo detectar cuando alguien dice:
“Dios es energía”.
Pero es más difícil detectar cuándo yo mismo estoy construyendo un dios a mi medida.
- Un dios que aprueba siempre mis decisiones.
- Un dios que nunca me pide aquello que no quiero darle.
- Un dios que comparte mis opiniones.
- Un dios que justifica mis rencores.
- Un dios que entiende perfectamente por qué yo sí puedo hacer aquello que condeno en otros.
- Un dios que siempre termina estando de mi lado.
Y aquí aparece algo todavía más peligroso: ya no necesito Nueva Era para fabricar un dios a mi medida.
Puedo hacerlo perfectamente dentro del catolicismo.
- Puedo tener crucifijos.
- Ir a misa.
- Rezar el rosario.
- Hablar de doctrina.
Y aun así fabricar una imagen de Dios según mis intereses.
Es peligroso porque una cosa es adorar a Dios y otra muy distinta es utilizar a Dios para adorar mis propias ideas.
Dios supera aquello que puedo comprender
Podemos conocer verdaderamente algo de Dios.
- La razón puede acercarse.
- La Revelación nos permite conocer muchísimo más.
- Cristo nos muestra al Padre.
Pero Dios siempre será infinitamente mayor que aquello que yo pueda comprender.
Esto también exige humildad.
- No puedo encerrar a Dios dentro de una definición.
- No puedo dominarlo intelectualmente.
- No puedo convertirlo en un concepto que tengo completamente resuelto.
Puedo conocerlo verdaderamente sin conocerlo completamente.
Y quizá ahí está otra diferencia con ciertas propuestas espirituales actuales.
El hombre moderno quiere dominar.
- Quiere técnicas.
- Métodos.
- Claves.
- Secretos.
- Procedimientos.
“Cinco pasos para atraer...”
“Una frecuencia para conseguir...”
“Una técnica para manifestar...”
“Una fórmula para conectar...”
Queremos controlar hasta lo espiritual.
Pero Dios no es una fuerza que aprendo a manipular.
Es Dios.
No está a mi disposición.
Soy yo quien debe ponerse a la suya.
¿Quiero encontrar a Dios o aprender a utilizar lo espiritual?
¿Qué estoy buscando realmente?
¿A Dios?
- ¿O poder?
- ¿O seguridad?
- ¿O sentirme protegido?
- ¿O conseguir lo que deseo?
Porque puedo decir que estoy buscando espiritualidad cuando en realidad estoy buscando control.
Y ahí la Nueva Era resulta particularmente atractiva.
- Me dice que puedo atraer.
- Manifestar.
- Decretar.
- Elevar mi vibración.
- Controlar energías.
- Alinear realidades.
- Despertar capacidades.
Todo parece regresar hacia mí.
- Mi poder.
- Mi conciencia.
- Mi energía.
- Mi voluntad.
- Mi potencial.
Pero el cristianismo hace algo completamente diferente.
Me saca del centro.
Y coloca a Dios.
“Hágase tu voluntad”.
No la mía.
¡Cuánto cuesta aceptarlo!
Ceder nuestra voluntad. Aun sabiendo que a quien se la debo ceder me ama, me cuida, me acerca a Él y busca mi bien.
Un Dios personal también puede decirme que no
Una energía nunca me dice que no.
Un universo impersonal tampoco.
Puedo interpretar cualquier acontecimiento como quiera.
Pero una persona tiene voluntad.
Y si Dios es personal, entonces su voluntad no necesariamente coincide con la mía.
Esto cambia la oración.
Orar ya no es utilizar palabras para producir resultados.
- Es hablar.
- Escuchar.
- Pedir.
- Agradecer.
- Llorar.
- Guardar silencio.
- Y también aceptar.
Es encontrarme con Alguien.
Aceptar incluso cuando la respuesta no es la que yo esperaba.
Ahí aparece una espiritualidad muy diferente.
No controlo.
Confío.
No decreto.
Pido.
No manifiesto.
Recibo.
No manipulo lo invisible.
Me abandono en el Padre.
Y con esto comenzamos a darnos cuenta de la diferencia tan enorme que hay entre una espiritualidad genérica y la fe católica, que nos invita a conocer a Dios desde su persona y no desde la banalidad.
El Dios cristiano tiene rostro
Después de todo esto aparece inevitablemente Jesucristo.
Porque nuestra fe no habla simplemente de un Dios lejano e inaccesible.
El Dios trascendente quiso entrar en nuestra historia.
Y aquí el cristianismo vuelve a romper cualquier esquema.
- El Dios que no puedo contener con mi inteligencia se deja ver.
- El Dios que creó el universo asume nuestra carne.
- El Dios eterno entra en el tiempo.
- El Creador se aproxima a su criatura.
No como energía.
No como vibración.
No como una chispa de conciencia.
Como Persona:
Jesucristo.
Y entonces comprender que Dios es “Alguien” deja de ser solamente una cuestión filosófica.
- Tiene rostro.
- Tiene voz.
- Tiene manos.
- Llora.
- Ama.
- Perdona.
- Sufre.
- Muere.
- Resucita.
Dios no me pidió encontrarlo escondido dentro de una frecuencia.
Salió a buscarme.
Quizá no necesito una nueva idea de Dios
Vivimos rodeados de nuevas definiciones.
“Nueva conciencia”.
“Nueva espiritualidad”.
“Nueva forma de entender lo divino”.
Y no niego que necesitamos aprender a explicar nuestra fe a cada época.
Pero una cosa es encontrar nuevas palabras para transmitir la verdad.
Y otra muy distinta cambiar la verdad para adaptarla a nuestra época.
Quizá no necesito una nueva versión de Dios.
Quizá necesito conocer mejor al Dios en quien afirmo creer.
- Al Dios de Abraham.
- Al Dios de Isaac.
- Al Dios de Jacob.
- Al Dios de María.
- Al Dios al que Pablo pertenecía.
- Al Dios que se reveló.
- Al Dios que se hizo hombre.
- Al Padre de Jesucristo.
Ese Dios no es una idea.
- No es energía.
- No es universo.
- No es proyección de mi conciencia.
Es Alguien.
Conclusión: ¿quién es el Dios al que sirvo?
Y cerrando este capítulo, la pregunta a la cual me debo responder es:
¿Quién es realmente el Dios al que sirvo?
No el Dios del que hablo.
No el Dios que escribo en una publicación.
No el Dios que digo defender.
El Dios al que realmente entrego mi vida.
Porque mis decisiones quizá respondan mejor que mis palabras.
- Si busco controlar, tal vez mi dios sea mi seguridad.
- Si todo debe adaptarse a mí, quizá mi dios sea mi propia voluntad.
- Si necesito energías, tal vez todavía no confío completamente en la gracia.
- Si pongo mi esperanza en el universo, quizá he dejado de mirar al Creador.
Y si Dios nunca me contradice...
quizá debería preguntarme si sigo hablando con Él o solamente conmigo mismo.
No quiero creer en “algo”.
Quiero creer en Alguien.
No quiero una fuerza que pueda aprender a manejar.
Quiero un Padre en quien pueda confiar.
No quiero una espiritualidad que me coloque en el centro.
Quiero una fe que me enseñe nuevamente quién es Dios y quién soy yo.
- Criatura.
- Hijo.
- Amado.
- Dependiente de su gracia.
- Y llamado a volver hacia Él.
Porque Dios no es energía.
Dios no es el universo.
Dios no es una idea que adapto a mis necesidades.
Dios es Dios.
Y yo le pertenezco.
Cristo basta.
Gonzalo Sotelo | Laico
Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.

