El secreto de las nuevas verdades no está en si lo son o no. El peso de la verdad hoy en día está en la repetición. Hoy en día, terminamos repitiendo algo hasta que su peso se ve distorsionado. Nos bombardean con ellas hasta que, de tanto escucharlas o leerlas, nos acostumbramos y no cuestionamos.
El poder de la repetición es tal que podemos presenciar esta invasión en nuestro día a día y no nos percatamos: una imagen en un espectacular, vídeos repetitivos que se hacen tendencia. Frases que parecen, en un inicio, extrañas o sin sentido y las convertimos en “mantras”, parte de nuestras vidas.
Y la rapidez con la que llevamos nuestra cotidianeidad nos lo hace sutil. Imperceptible. Llega un momento en que ya no nos detenemos a pensar qué significa realmente.
Algo así es lo que, sin darnos cuenta, está pasando con Dios. De ser un ser divino, lo hemos convertido en un sinnúmero de cosas.
- Para unos es energía.
- Para otros es universo.
- Para otros es una conciencia.
- Para otros una fuerza interior.
- Para otros es simplemente el todo.
- Para otros solamente es “algo”.
Y de esta manera vamos haciendo más amplio el concepto. Y más difícil se vuelve saber de quién estamos hablando. Y la pregunta que me llega es:
¿Puede una idea de Dios volverse tan amplia que termine vaciándose completamente?
Porque si Dios puede ser cualquier cosa... entonces, quizá termina no siendo nadie.
El problema antes era negar a Dios. Hablar con un ateo o un no creyente era todo un tema. Pero era eso: un tema. Como católico, ese era el mayor problema de la fe. Un “Dios no existe”, ese era nuestro mayor conflicto. Y de ahí podíamos partir, de una diferencia.
Ahora la simpleza se volvió complejidad. Partimos de una negación a una completa inclusión que termina diluyendo quién es Dios verdaderamente para el hombre actual.
Nuestro concepto actual de Dios, para el hombre moderno, se ha vuelto una diversidad tan compleja como peligrosa. Hoy dejamos de hablar de Dios para dar paso a la “espiritualidad” y eso, por irónico que se escuche, nos está alejando más de Dios.
Hemos conservado el nombre, pero hemos perdido a la Persona. Seguimos usando el nombre de “Dios”, pero su esencia la hemos diversificado. Hemos creado frases en las que seguimos incluyendo su nombre, pero no su significado:
Puedo decir Dios y haber cambiado su contenido:
- Dios me acompaña, pero pensar en una energía.
- Dios está dentro de mí, pero imaginar que soy una parte de la divinidad.
- Hablamos de “bendiciones” y estar pensando en las “buenas vibras”.
- Hablamos de la “Providencia”, pero realmente pensamos en un universo acomodando las cosas de acuerdo a lo que yo manifiesto.
Incluimos los términos, pero no así su significado. Lo hacemos porque así lo vemos. Escuchamos en personalidades lo bien que les va haciéndolo, que terminamos imitándolos. Por eso entra con tanta facilidad en nuestras vidas.
La Nueva Era ha entrado en lo más recóndito de nuestras tradiciones y cultura. En nuestros más íntimos pensamientos; que ya no llega diciendo: “abandona tu fe”.
Han encontrado una mejor forma de combatir nuestra fe: no combatiéndola, sino introduciéndola y mezclándola a sus ideas.
Ya no es un “abandona tu fe”. Llega diciendo: “esto también puede formar parte de ella”. Y es como se va mezclando en nuestra mentalidad. Se moldea a las nuevas tendencias mientras adormece nuestra fe. Ya no buscamos informarnos, simplemente creemos lo que nos muestran y no cuestionamos.
Pero ¿y si nos detenemos un momento y vemos las consecuencias que surgen de nuestra confusión?
- Si Dios es todo...
- si es naturaleza...
- si es energía...
- si es conciencia...
- si es universo...
- si es cada persona...
- si es todo cuanto existe...
entonces, ¿dónde queda Dios como Alguien?
- ¿Dónde queda su voluntad?
- ¿Dónde queda su inteligencia?
- ¿Dónde queda su libertad?
- ¿Dónde queda su capacidad de amar?
El P. Lombardo, siguiendo la reflexión filosófica y teológica que presenta en el libro, recuerda varias realidades fundamentales al hablar de Dios: es espíritu puro, primera causa creadora, libre, personal, providente y trascendente. No estamos hablando de una sustancia indefinida, sino de un Dios real que es distinto de su creación.
Y eso marca una diferencia enorme.
- Porque una energía simplemente está.
- Una Persona puede amar.
- Una fuerza actúa.
- Una Persona puede querer.
- Una vibración no conoce mi nombre.
Dios sí.
El dios impersonal tiene una ventaja: nunca me contradice.
Aquí creo que aparece algo profundamente humano.
¿Por qué puede resultar atractivo un dios impersonal?
Y en un mundo como en el que vivimos tiene un atractivo que llega a competir con la lógica.
Y eso es porque tal vez es mucho más fácil de manejar.
Una energía no tiene voluntad.
Por tanto, no puede tener una voluntad distinta a la mía.
El universo no puede pedirme que cambie.
Una conciencia cósmica no puede corregirme.
Una fuerza espiritual no puede decirme:
“Eso que haces está mal”.
Y aquí empieza a entenderse el atractivo.
- Puedo tener espiritualidad sin obediencia.
- Trascendencia sin conversión.
- Paz sin arrepentimiento.
- Experiencia sin compromiso.
Incluso puedo construir una relación espiritual completamente adaptada a mis necesidades.
- Todo cabe.
- Nada contradice.
- Nada molesta.
- Nada exige demasiado.
Pero aquí cabe el dato incómodo de ese “dios a mi manera”. Se parece demasiado a mí.
Si Dios piensa siempre como yo, quizá el problema soy yo.
Esta idea ya ha aparecido en otros capítulos, pero creo que vale la pena volver a ella desde otro ángulo.
- Si mi idea de Dios siempre coincide conmigo...
- Si nunca me corrige...
- Si nunca me exige...
- Si nunca me incomoda...
- Si siempre justifica exactamente aquello que quiero hacer...
¿Estoy encontrándome realmente con Dios?
¿O estoy proyectándome a mí mismo?
Es una pregunta incómoda. Ciertamente lo fue para mí cuando hice mi discernimiento.
Porque resulta muy fácil reconocer los errores ajenos. Pero mucho más difícil es descubrir cuándo he acomodado a Dios a mis propias categorías.
Puedo criticar a quien habla de energías.
Pero al mismo tiempo crear dentro de mí un dios que siempre está de acuerdo conmigo.
Puedo defender la doctrina correcta y, en la práctica, vivir como si mi criterio personal fuera la última palabra.
Y entonces el problema ya no está fuera.
Está dentro.
Dios no necesita adaptarse a mí, a mi entorno o a mi época. Estamos tan acostumbrados a que hoy en día las cosas se deben adaptar a mí. Actualizarse.
- Aplicaciones.
- Tecnología.
- Lenguaje.
- Modelos sociales.
- Formas de comunicación.
Y está bien que esto suceda en algunos ámbitos. Es natural y parte de nuestro desarrollo social. Pero quizá en esas actualizaciones hemos olvidado que no todo y no todos forman parte de esa dinámica. Dios es uno de ellos.
Hacer una actualización a Dios es tan incoherente que es cómico pensar que no nos hemos dado cuenta de que ya lo hacemos:
- Un Dios menos exigente.
- Más flexible.
- Más adaptable.
- Más acorde con “los nuevos tiempos”.
- Un Dios que no hable demasiado de pecado.
- Que no incomode con la verdad.
- Que no establezca límites.
- Que no tenga demasiado que decir sobre cómo vivo.
Y a eso podemos llamarlo evolución espiritual.
Pero quizá no hemos evolucionado nuestra comprensión de Dios. Quizá simplemente lo hemos reducido.
Dios es más grande que mi idea de Dios.
Hay algo del capítulo del P. Lombardo que me parece necesario conservar junto a toda esta reflexión.
Aunque podemos conocer verdaderamente a Dios, nunca podemos agotarlo con nuestra inteligencia.
Dios es infinitamente mayor que aquello que puedo pensar sobre Él.
Esto puede parecer contradictorio con lo anterior.
Si no puedo comprender completamente a Dios, ¿cómo puedo decir qué no es?
Precisamente porque una cosa es reconocer el misterio y otra inventar.
No conocer completamente a Dios no significa que cualquier idea acerca de Él sea válida.
No entiendo completamente el amor.
Pero puedo distinguirlo del odio.
No comprendo completamente la vida.
Pero puedo distinguirla de la muerte.
No comprendo completamente a Dios.
Pero la Revelación me permite saber que no es una piedra.
Que no es una energía impersonal.
Que no soy yo.
Que no es idéntico al universo.
Que es Creador.
Que es personal.
Que ama.
Que quiere.
Que se revela.
El misterio no elimina la verdad.
La hace más profunda.
A veces llamamos “misterio” a lo que simplemente no queremos definir.
Esta es otra cosa que veo con frecuencia.
Cuando una idea espiritual empieza a volverse confusa, aparece una salida cómoda:
“Es que Dios es demasiado grande para ponerle límites”.
Suena razonable.
Y, en parte, lo es.
Pero cuidado.
Porque podemos utilizar esa afirmación para introducir cualquier cosa.
- “Dios puede ser energía”.
- “Dios puede ser el universo”.
- “Dios puede ser conciencia”.
- “Dios puede ser todas las religiones”.
- “Dios puede ser lo que cada quien sienta”.
Y cuando preguntas cómo sabemos eso, la respuesta termina siendo:
“Dios es misterio”.
Pero reconocer el misterio de Dios no significa vaciarlo de identidad.
Al contrario.
El cristianismo afirma que ese Dios que supera mi inteligencia decidió revelarse.
No para que lo encerrara en una definición.
Sino para que pudiera conocerlo realmente.
Dios quiso darse a conocer.
Esto me parece fundamental.
La fe cristiana no comienza con el hombre intentando imaginar cómo debe ser Dios.
Comienza con Dios revelándose.
- Dando su nombre.
- Hablando.
- Actuando.
- Entrando en la historia.
- Formando una alianza.
- Y finalmente haciéndose hombre.
El Dios cristiano no permanece escondido detrás de todas las religiones esperando que cada quien construya su propia interpretación.
Se da a conocer.
Y si Dios se da a conocer, entonces aquello que revela sobre sí mismo importa.
No puedo decir:
“Dios es como yo quiera entenderlo”.
Porque entonces ya no estoy recibiendo una Revelación.
Estoy construyendo una opinión.
Un Dios personal crea una relación personal.
El P. Lombardo insiste en que Dios no puede reducirse a algo amorfo o indeterminado. Habla de un Dios personal, de un Alguien que conoce y ama, dotado de inteligencia y voluntad.
Y creo que eso cambia completamente la espiritualidad.
Porque si Dios es Alguien, yo puedo encontrarme con Él.
No necesito “conectarme con una frecuencia”.
Puedo orar.
No necesito “alinearme con el universo”.
Puedo confiar.
No necesito “manifestar”.
Puedo pedir.
No necesito manipular fuerzas invisibles.
Puedo abandonarme en un Padre.
La diferencia parece sencilla.
Pero espiritualmente cambia todo.
El problema del dios que nunca habla.
Hay algo extraño en algunas espiritualidades modernas.
Hablan muchísimo de “lo divino”.
Pero ese dios casi nunca dice nada.
- No enseña.
- No manda.
- No corrige.
- No establece una alianza.
- No llama por el nombre.
- No perdona.
- No promete.
- No revela.
Simplemente “es”.
Y cada persona termina interpretándolo desde sí misma. Por eso empiezo a preguntarme:
¿qué diferencia real existe entre ese “dios” y mi propia conciencia?
- Si siempre soy yo quien decide qué significa...
- si siempre soy yo quien interpreta...
- si siempre soy yo quien establece qué quiere...
- si nunca existe una palabra que venga realmente de fuera de mí...
¿no terminé hablando conmigo mismo?
La Providencia también desaparece.
Si Dios se convierte en energía o universo, hay algo más que se pierde: la Providencia.
- Una energía no cuida.
- Una fuerza no conduce.
- Una vibración no tiene un propósito para mí.
Pero el Dios cristiano sí es providente.
Esto no significa que todo salga como yo quiero. Significa que existe una voluntad, una inteligencia y un amor que trascienden mi comprensión. Que incluso aquello que no comprendo puede ser vivido en confianza.
Y aquí encuentro otra diferencia importante.
La Nueva Era muchas veces intenta darme herramientas para controlar lo que viene.
La Providencia me enseña a confiar.
Una dice:
“aprende a atraer”.
La otra me invita:
“aprende a abandonarte”.
Y reconozco que la segunda es mucho más difícil.
Porque exige fe.
No necesito un dios que pueda controlar.
Esta frase me parece importante incluso para mí mismo.
No necesito un dios que pueda controlar. Porque si puedo controlar a mi dios, entonces probablemente no es Dios.
- Si depende de mis decretos...
- de mis vibraciones...
- de mi nivel de conciencia...
- de mi capacidad de manifestar...
entonces toda la espiritualidad termina dependiendo nuevamente de mí.
- Yo produzco.
- Yo atraigo.
- Yo decreto.
- Yo creo.
- Yo decido.
- Yo controlo.
Y otra vez aparezco en el centro.
Pero el cristianismo me obliga a abandonar ese centro.
Dios es Dios.
Yo no.
Y lejos de sentirlo como una humillación, cada vez me parece más liberador.
Decir “Dios” no significa necesariamente creer en Dios.
Quizá esta sea una de las conclusiones más incómodas de esta reflexión.
No basta utilizar la palabra.
Podemos hablar de Dios y, sin embargo, haber construido una idea completamente distinta.
Podemos llenar nuestra vida de frases espirituales y haber dejado fuera al Dios personal.
Podemos incluso conservar símbolos cristianos y mezclarlos con una visión del mundo que ya no es cristiana.
Por eso discernir también exige preguntar:
¿Qué entiendo cuando digo Dios?
- ¿Es Creador o parte del universo?
- ¿Es personal o una energía?
- ¿Tiene voluntad o simplemente responde a la mía?
- ¿Es providente o tengo que manipular fuerzas para asegurar mi futuro?
- ¿Es trascendente o es solamente algo dentro de mí?
- ¿Me creó o soy parte de su propia sustancia?
Las respuestas importan y mucho.
Quizá el ateísmo no siempre se presenta diciendo “Dios no existe”.
Esta idea del libro me dejó pensando.
Estamos acostumbrados a reconocer el ateísmo cuando niega a Dios.
Pero puede existir algo más sutil.
No negar la palabra.
Vaciarla.
Seguir diciendo “Dios”, pero sustituirlo por otra realidad.
Y entonces podríamos llegar a una sociedad profundamente espiritual...
- llena de energías...
- llena de manifestaciones...
- llena de conciencia...
- llena de rituales...
- llena de mensajes sobre el universo...
y, sin embargo, profundamente alejada del Dios verdadero.
Eso sí me parece preocupante. Porque es mucho más difícil buscar a alguien cuando uno cree que ya lo encontró.
Cristo vuelve a ponerle rostro a Dios.
Y nuevamente todo termina llevándome a Cristo.
Porque frente a todas las definiciones vagas aparece Él.
Jesucristo.
- No una energía.
- No una idea.
- No una conciencia universal.
Una Persona.
- Habla.
- Mira.
- Toca.
- Llora.
- Ama.
- Corrige.
- Perdona.
- Llama.
- Muere.
- Resucita.
Y en Él, Dios deja de ser una palabra que puedo llenar con cualquier significado.
Dios tiene rostro.
En el próximo capítulo tendremos que detenernos precisamente ahí.
Porque quizá una de las mayores diferencias entre el cristianismo y muchas espiritualidades modernas está en esta pregunta:
¿Quién es realmente Jesucristo?
Conclusión: no quiero llamar Dios a cualquier cosa.
Después de todo esto, creo que la pregunta vuelve hacia mí.
Cuando digo:
“Creo en Dios”...
¿qué estoy afirmando?
- No quiero utilizar su nombre simplemente porque suena espiritual.
- No quiero convertirlo en una palabra cómoda donde pueda guardar cualquier idea.
- No quiero fabricar un dios tan amplio que no pueda decir nada concreto sobre Él.
- No quiero un dios que se parezca demasiado a mí.
Quiero conocer al Dios que existe.
- Al Dios que me creó.
- Al Dios que me conoce.
- Al Dios que tiene voluntad.
- Al Dios que es providente.
- Al Dios que es infinitamente mayor que yo y, aun así, decidió acercarse.
- Al Dios que no cabe dentro de mis ideas.
Pero que quiso darse a conocer.
Porque si Dios termina siendo todo...
puede terminar no siendo nadie.
Y yo no necesito “algo”.
Necesito a Alguien.
Necesito al Padre.
Necesito a Cristo.
Cristo basta.
Gonzalo Sotelo | Laico
Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.

