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Cristo Basta: ¿Por qué existe el mal si Dios es bueno?

Cristo Basta: ¿Por qué existe el mal si Dios es bueno?

Hay preguntas que no nacen de la curiosidad, sino de la herida.

¿Por qué existe el mal?
¿Por qué Dios permite el sufrimiento?
¿Por qué, si Dios es bueno, hay dolor, injusticia, enfermedad, pecado, violencia y muerte?
¿Por qué parece que muchas veces el mal avanza mientras el bien calla?

Estas preguntas no son nuevas. Han acompañado al hombre desde siempre. Las han hecho filósofos, santos, pecadores, madres ante la muerte de un hijo, enfermos ante el silencio de una cama, víctimas ante la injusticia, creyentes en medio de la noche y también incrédulos que, mirando el mundo, concluyen que Dios no puede existir o que, si existe, no parece intervenir.

El problema del mal es uno de los grandes campos de batalla entre la fe y la duda.

Pero para responderlo correctamente, primero hay que evitar una trampa: creer que el mal se entiende solo desde la emoción. El dolor puede abrir la pregunta, pero no siempre permite responderla con claridad. Cuando el alma está herida, puede confundir justicia con resentimiento, razón con protesta, y búsqueda de verdad con acusación contra Dios.

Por eso necesitamos pensar. Pero no pensar de espaldas a la fe, sino desde una razón iluminada por la fe.

El mal no es una prueba contra Dios

Una de las objeciones más antiguas contra la fe dice más o menos así: si Dios es bueno y todopoderoso, entonces no debería existir el mal. Pero el mal existe. Por tanto, o Dios no es bueno, o no es todopoderoso, o simplemente no existe.

A primera vista parece un argumento fuerte. Pero en realidad parte de una idea incompleta de Dios, del hombre y de la libertad.

Porque si Dios hubiera querido crear un mundo sin posibilidad alguna de mal moral, habría tenido que crear seres incapaces de amar libremente. Podría haber creado mecanismos obedientes, criaturas programadas, seres sin verdadera decisión. Pero no habría creado hijos capaces de responder al amor con amor.

La libertad es un don inmenso. Pero también es un riesgo.

Dios no creó el mal. Dios creó seres libres. Y algunos seres libres, ángeles y hombres, abusaron de esa libertad.

Aquí comienza el drama.

El mal no nace porque Dios sea malo. Nace cuando la criatura se aparta del bien. Nace cuando la voluntad creada rechaza el orden de Dios. Nace cuando el hombre pretende alcanzar su plenitud al margen de Aquel que es su principio y su fin.

Por eso el mal no destruye la existencia de Dios. Más bien revela lo que ocurre cuando la criatura se aleja de Él.

El mal como ausencia de bien

La tradición cristiana, especialmente siguiendo a San Agustín y Santo Tomás de Aquino, ha explicado que el mal no existe como una realidad positiva creada por Dios. El mal es una privación, una falta, una ausencia de bien.

La oscuridad no es una sustancia que se opone a la luz con el mismo poder. La oscuridad aparece cuando falta la luz.

La enfermedad no es una plenitud del cuerpo. Es la pérdida o deterioro de un bien que debería estar presente: la salud.

La mentira no es una verdad alternativa. Es una deformación de la verdad.

El pecado no es una libertad superior. Es una libertad herida, desviada, usada contra su propio fin.

Así también, el mal no es un dios contrario a Dios. No hay dos principios iguales: uno bueno y uno malo. Eso sería caer en una visión dualista. La fe católica no enseña que el mal tenga la misma fuerza que Dios. Enseña que Dios es el Bien absoluto, y que el mal aparece cuando una criatura se aparta de ese bien.

Esta distinción es muy importante.

Porque si no la entendemos, podemos caer en dos errores. El primero es pensar que el mal es tan poderoso como Dios. El segundo es pensar que el mal no existe realmente y que todo es simple percepción, trauma, energía baja, ignorancia o desequilibrio psicológico.

La fe católica evita ambos extremos.

El mal no es Dios.
El mal no es igual a Dios.
Pero el mal sí es real.

El mal físico y el mal moral

Para comprender mejor, conviene distinguir entre el mal físico y el mal moral.

El mal físico se refiere al sufrimiento, la enfermedad, la muerte, las limitaciones, los desastres, la fragilidad de la vida. Es el mal que padecemos.

El mal moral, en cambio, nace del pecado. Es el mal que elegimos. Es la mentira, el odio, la soberbia, la injusticia, la lujuria, la violencia, la idolatría, la corrupción, la traición, la envidia, la crueldad, la tibieza y toda acción libre que se aparta de Dios.

El mal físico nos duele.
El mal moral nos culpa.

El primero nos recuerda que somos frágiles.
El segundo nos recuerda que somos responsables.

Y aquí aparece una de las grandes confusiones modernas: queremos que Dios quite las consecuencias del mal, pero no queremos renunciar al pecado que alimenta ese mal.

Queremos un mundo más justo, pero sin conversión.

Queremos paz, pero sin verdad.

Queremos sanación, pero sin arrepentimiento.

Queremos consuelo, pero sin cruz.

Queremos que Dios arregle el mundo, pero no siempre queremos que Dios ordene nuestra alma.

El pecado no es una energía negativa

Hoy muchas corrientes espirituales evitan hablar de pecado. Prefieren hablar de bloqueo, vibración baja, sombra, energía densa, desalineación, karma, herida ancestral o falta de armonía.

Algunas de estas palabras pueden parecer profundas, pero muchas veces terminan ocultando lo esencial: el hombre no solo está desajustado; el hombre está necesitado de redención.

El cristianismo no niega que haya heridas psicológicas, condicionamientos familiares, ambientes destructivos o procesos emocionales complejos. Sería absurdo negarlo. Pero tampoco reduce el mal a una explicación psicológica o energética.

Hay heridas que deben ser acompañadas.
Hay traumas que deben ser tratados.
Hay enfermedades que deben ser atendidas.
Pero también hay pecados que deben ser confesados.

Y no es lo mismo una herida que una culpa.
No es lo mismo una enfermedad que una rebelión.
No es lo mismo una fragilidad que una elección deliberada contra Dios.

Cuando se elimina la noción de pecado, la salvación deja de tener sentido. Si el problema del hombre es solo falta de autoestima, basta una terapia. Si el problema es solo energía mal canalizada, basta una técnica. Si el problema es solo ignorancia, basta información. Si el problema es solo tristeza, basta consuelo.

Pero si el problema es el pecado, entonces necesitamos gracia.

Y esa gracia no la fabrica el hombre. La recibe de Dios.

La tentación de justificar el mal

El hombre moderno suele tener una relación contradictoria con el mal. Por un lado, se escandaliza ante la injusticia. Por otro lado, relativiza el pecado. Condena el mal cuando lo sufre, pero lo justifica cuando le conviene.

Si alguien le miente, exige verdad.
Si él miente, dice que fue necesario.

Si alguien lo traiciona, exige fidelidad.
Si él traiciona, dice que tenía razones.

Si alguien lo hiere, exige justicia.
Si él hiere, pide comprensión.

Esta contradicción revela algo profundo: el hombre sabe que el bien existe, aunque muchas veces no quiera obedecerlo. Sabe que la verdad importa, aunque a veces prefiera manipularla. Sabe que la justicia es necesaria, aunque a veces busque escapatorias para sí mismo.

El problema del mal no está solamente fuera de nosotros. También pasa por nuestro corazón.

Cristo lo dijo con claridad: del corazón salen las malas intenciones. Por eso el cristiano no puede hablar del mal como si fuera solo una fuerza externa, una estructura social, una energía oscura o una influencia ajena. También debe mirar hacia dentro.

El demonio tienta.
El mundo arrastra.
La carne inclina.
Pero el hombre decide.

Y esa decisión tiene peso eterno.

Dios permite el mal, pero no lo abandona

La gran pregunta sigue ahí: ¿por qué Dios permite el mal?

No podemos responder a todo misterio como si tuviéramos acceso completo a los designios de Dios. Sería soberbia. Hay dolores que solo se comprenden de rodillas. Hay heridas cuya respuesta no llega como explicación, sino como presencia. Hay sufrimientos que no se resuelven con argumentos, sino con la cruz abrazada en Cristo.

Pero la fe sí nos permite afirmar algo: Dios no permite el mal porque sea indiferente. Lo permite porque respeta la libertad, porque puede sacar bienes mayores incluso de aquello que la criatura ha torcido, y porque la historia no termina en la herida, sino en el juicio, la redención y la vida eterna.

La cruz es la gran respuesta cristiana al problema del mal.

Dios no miró el sufrimiento humano desde lejos. Entró en él.

Cristo no explicó el dolor desde una cátedra fría. Lo cargó sobre sus hombros.

No venció el mal negándolo.
No venció el pecado relativizándolo.
No venció la muerte evitándola.
La venció atravesándola.

Por eso, ante el mal, el cristiano no dice: “no pasa nada”. Sí pasa. El mal hiere, destruye, confunde, divide y mata.

Pero el cristiano tampoco dice: “el mal tiene la última palabra”.

No la tiene.

La última palabra la tiene Cristo resucitado.

El combate espiritual es real

La fe católica no presenta la vida humana como un paseo ingenuo. Existe una batalla espiritual. El Concilio Vaticano II habla de una lucha dura contra el poder de las tinieblas a lo largo de la historia humana. No se trata de alimentar miedo, sino de recuperar realismo.

El mal no es solamente un concepto abstracto. El pecado no es solamente una falla moral. La tentación no es solamente una debilidad emocional. Y el demonio no es solamente una metáfora útil para hablar de nuestros impulsos oscuros.

La Iglesia enseña que existe una acción del mal que busca apartar al hombre de Dios.

Pero también enseña algo más importante: Cristo ha vencido.

Por eso el cristiano no debe vivir obsesionado con el demonio, pero tampoco debe vivir como si no existiera. No debe atribuirle todo, pero tampoco debe negarlo todo. No debe buscarlo con morbo, pero sí debe resistirlo con fe.

La victoria no está en conocer secretos ocultos.
La victoria no está en técnicas especiales.
La victoria no está en rituales extraños.
La victoria no está en amuletos, limpias, energías o decretos.

La victoria está en Cristo.

Cuando se pierde la fe, se buscan sustitutos

Aquí se conecta este tema con la gran confusión espiritual de nuestro tiempo.

Cuando el hombre deja de comprender el mal desde la fe, empieza a buscar otras explicaciones. Algunas pueden tener parte de verdad, pero si expulsan a Dios del centro, terminan desviando al alma.

Si el mal es solo trauma, entonces no necesito confesión.
Si el mal es solo energía, entonces no necesito gracia.
Si el mal es solo ignorancia, entonces no necesito redención.
Si el mal es solo desequilibrio, entonces no necesito conversión.
Si el mal es solo sombra interior, entonces no necesito Salvador.

Y cuando ya no necesito Salvador, Cristo se vuelve accesorio.

Esa es la tragedia espiritual de muchas corrientes modernas: no siempre niegan abiertamente a Cristo; simplemente lo vuelven innecesario.

Hablan de paz, pero sin cruz.
Hablan de luz, pero sin verdad.
Hablan de sanación, pero sin pecado.
Hablan de plenitud, pero sin gracia.
Hablan de espiritualidad, pero sin Dios personal.
Hablan de amor, pero sin mandamientos.
Hablan de libertad, pero sin obediencia.

Por eso es tan importante comenzar esta serie hablando del mal. Porque si no comprendemos qué hiere al hombre, tampoco comprenderemos qué lo salva.

Cristo basta porque Cristo salva

Cristo no vino solamente a inspirarnos.
No vino solamente a enseñarnos valores.
No vino solamente a darnos tranquilidad emocional.
No vino solamente a recordarnos que somos buenos por dentro.

Cristo vino a salvarnos.

Y si vino a salvarnos, entonces había algo de lo cual necesitábamos ser salvados.

Esa verdad incomoda al mundo moderno, porque el mundo moderno prefiere pensar que el hombre solo necesita aceptarse, empoderarse, equilibrarse o despertar su conciencia. Pero el Evangelio dice algo más profundo: el hombre necesita ser redimido.

Necesita perdón.

Necesita gracia.

Necesita verdad.

Necesita conversión.

Necesita vida nueva.

Necesita a Cristo.

Por eso no basta con hablar de espiritualidad. Hay que hablar de salvación.

No basta con buscar paz. Hay que buscar a Dios.

No basta con sentirse bien. Hay que vivir en gracia.

No basta con rechazar el sufrimiento. Hay que abrazar la cruz cuando la voluntad de Dios lo permita.

No basta con denunciar el mal del mundo. Hay que combatir el pecado en el propio corazón.

Una fe que no huye de la realidad

La fe católica no nos pide cerrar los ojos ante el mal. Nos pide mirarlo con más profundidad.

Nos enseña que el mal existe, pero no es absoluto.
Que el demonio existe, pero no es Dios.
Que el pecado hiere, pero puede ser perdonado.
Que el sufrimiento duele, pero puede ser redimido.
Que la muerte parece vencer, pero Cristo ha resucitado.

Esa es la diferencia entre la fe cristiana y muchas falsas espiritualidades.

Las falsas espiritualidades muchas veces intentan escapar del dolor.
Cristo entra en el dolor para redimirlo.

Las falsas espiritualidades intentan negar el pecado.
Cristo lo carga para perdonarlo.

Las falsas espiritualidades prometen control.
Cristo enseña confianza.

Las falsas espiritualidades buscan poder.
Cristo revela amor crucificado.

Las falsas espiritualidades diluyen la verdad.
Cristo dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

Por eso el cristiano no necesita huir hacia prácticas extrañas cuando se enfrenta al misterio del mal. Necesita volver a Cristo.

Conclusión: el mal no tiene la última palabra

¿Por qué existe el mal si Dios es bueno?

La respuesta completa pertenece al misterio de Dios. Pero la fe nos permite caminar sin desesperar.

El mal existe porque la criatura libre puede apartarse del bien.
El pecado existe porque el hombre puede rechazar a Dios.
El sufrimiento existe como parte de un mundo herido.
La tentación existe porque hay una batalla espiritual real.
Pero la redención existe porque Dios no abandonó al hombre en su caída.

Cristo basta porque Cristo no vino a maquillar el mal, sino a vencerlo.

No vino a decirnos que el pecado no importa.
Vino a perdonarlo.

No vino a decirnos que la cruz no duele.
Vino a cargarla.

No vino a decirnos que la muerte es una ilusión.
Vino a resucitar.

Por eso, ante el mal, el católico no debe correr hacia supersticiones, energías, decretos, amuletos o falsas promesas de poder espiritual.

Debe volver a Cristo.

Porque solo cuando el alma entiende de qué ha sido salvada, comprende por qué no necesita buscar salvadores falsos.

Cristo basta.

Y frente al misterio del mal, esa no es una frase bonita.
Es una afirmación de fe.



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