No soy una chispa divina: soy imagen de Dios

    No soy una chispa divina: soy imagen de Dios

    Hay frases que, cuando las escuchamos muchas veces, comienzan a parecernos profundas, aunque nunca nos hayamos detenido realmente a pensar qué significan.

    • “Todos somos divinos”.
    • “Dios está dentro de ti”.
    • “Eres una chispa de Dios”.
    • “Tu esencia es divina”.
    • “Solo tienes que despertar aquello que ya está en ti”.

    Son expresiones que hoy aparecen por todos lados. En publicaciones, videos, conferencias, mensajes motivacionales e incluso dentro de conversaciones donde se intenta hablar de Dios.

    Y sí. Al leerlas, no puedo negar que suenan realmente bonitas. Son casi melodiosas. Parecen realmente darle un valor al mismo ser humano.

    Después de todo, ¿qué podría elevar más nuestra dignidad que pensar que llevamos dentro una parte de la propia divinidad?

    Pero ¿realmente es así como debemos considerar nuestra relación con Dios?

    • Quizá no necesito ser una parte de Dios para tener dignidad.
    • Quizá mi valor no depende de que yo sea divino.

    Tal vez mi dignidad está precisamente en otra cosa:

    Fui creado por Dios y a su imagen.

    Ser imagen no significa ser parte

    “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Esta frase que podemos encontrar en el mismo Génesis nos dice ya, por sí sola, algo importante. Tal vez la hemos leído y no le hemos puesto realmente la atención debida. ¿Qué implica esto?

    Ser imagen de Dios no significa ser Dios.

    Tampoco significa que exista dentro de mí una pequeña porción de su sustancia.

    Significa que, siendo criatura, participo de una manera especial en ciertas perfecciones que Él me ha dado.

    El hombre aparece como “otro” frente al Creador. Distinto de Él, pero al mismo tiempo elevado por encima del resto de la creación visible de una manera única.

    Y aquí me parece importante mencionar la siguiente idea:

    La fe cristiana no disminuye al ser humano cuando afirma que es criatura.

    Al contrario.

    Le da una dignidad enorme. Porque, como ya lo hemos visto en capítulos anteriores, haber sido creado a semejanza de Dios elimina por completo la posibilidad de haber sido tan solo un accidente del universo.

    • No soy materia que casualmente adquirió conciencia.
    • No soy una chispa perdida de una divinidad que intenta regresar a su origen.
    • Soy alguien querido.
    • Pensado.
    • Creado.

    Y capaz de entrar en relación con Dios.

    Hay una diferencia entre participar y pertenecer a su sustancia

    Esta diferencia parece perderse en el entendimiento de cómo vemos y pensamos las cosas en la actualidad. Muchas de las confusiones que tenemos actualmente en nuestra forma de vivir la espiritualidad nacen precisamente de no saber distinguir ambas cosas.

    • Dios me da el ser.
    • Me sostiene.
    • Me concede inteligencia.
    • Libertad.
    • Voluntad.
    • Capacidad de amar.

    Pero nada de eso significa que yo sea una parte de Él. Somos “imagen y semejanza”, es decir, podemos ser reflejo del Creador, pero no nos vuelve creadores. Autores del todo a la par de Dios.

    Ya esta idea la había explicado en anteriores entregas. Una obra puede revelar algo de su autor sin convertirse en el autor.

    El hombre es imagen y semejanza de Dios precisamente porque posee una capacidad especial de conocer, entender y entrar en relación personal con Él.

    “Dios habla a los hombres como amigos y los invita a su compañía”.
    —Concilio Vaticano II

    Y creo que ahí está una diferencia enorme. Porque si yo fuera parte de Dios, la relación desaparecería porque ya no habría un “Tú”. Sería solamente un “Todo” en el que no habría más que una sola misma conciencia. Sería hablar con uno mismo, sin una razón.

    Por ello, desde la visión de la fe cristiana se dice algo distinto:

    • Dios es Dios.
    • Yo soy yo.

    Y es por ello que Dios puede encontrarme y yo encontrarlo a Él. Porque somos dos personas distintas.

    Tal vez queremos ser más de lo que somos

    ¿Por qué resulta tan atractiva la idea de ser divinos?

    Tal vez porque ser criatura nos parece poco. Hemos determinado que decir “soy criatura” es conceptualmente algo pequeño, “limitado”. Y al ser limitado me hace ser dependiente. Comprueba mi pequeñez.

    Y vivimos en una época donde nos enseñan precisamente lo contrario: que no debemos depender de nadie, que debemos construir nuestra propia realidad, decidir nuestro destino y convertirnos en aquello que queramos ser.

    Entonces aparece una espiritualidad que me dice:

    “No eres solamente una criatura. Eres divino”.

    Y eso puede resultar mucho más atractivo.

    Porque me coloca en el centro.

    Si soy divino, no necesito realmente a un Creador.

    Si soy parte de Dios, no necesito recibir de Él mi identidad.

    Si tengo dentro de mí todo lo necesario, la salvación deja de venir de fuera.

    Solo tengo que descubrir lo que ya soy.

    Y ahí encuentro una diferencia profunda con el cristianismo.

    El cristianismo no me dice:

    “Descubre que eres Dios”.

    Me dice:

    Descubre cuánto te ama Dios.

    Ser criatura no me hace menos

    Durante mucho tiempo podemos interpretar la palabra “criatura” casi como si fuera una disminución.

    Como si reconocer que dependemos de Dios nos hiciera menos libres, menos grandes o menos importantes.

    Pero sucede exactamente lo contrario.

    Si Dios me creó, entonces mi existencia tiene un origen. Y en su plan de creación, Él me hizo libre. Porque Él me quiso y me pensó como un ser existente, no codependiente, atado a un patrón que me esclavizara.

    Y si lo pienso así, todo cambia. Porque me veo como una criatura con potencial. Un ser creado para alcanzar su máximo potencial con la libertad de crecer, equivocarme, corregirme y experimentar mi plenitud.

    • No estoy aquí porque el universo necesitaba una pieza más.
    • No soy el resultado de una energía que tomó forma temporalmente.

    Fui querido.

    Y el hecho de que Dios sea infinitamente mayor que yo no disminuye mi dignidad.

    La explica.

    Si hacemos una retrospectiva. Y lo he hecho. Puedo darme cuenta de que el ser humano, de toda la creación, es el único ser sobre toda la tierra al que Dios ha amado por sí mismo.

    Eso me parece mucho más grande que pensar que soy una chispa perdida de una divinidad impersonal.

    Porque una chispa no es amada.

    Una persona sí.

    Mi cuerpo también forma parte de lo que soy

    La espiritualidad moderna divide al grado de separar dos factores que se complementan y que uno no puede ser sin el otro: cuerpo y alma.

    Cuando hablamos de espiritualidad existe cierta tendencia a pensar que el cuerpo es algo inferior.

    Como si lo verdaderamente importante fuera el alma, la energía o la conciencia, y el cuerpo simplemente fuera una especie de envoltura temporal.

    Pero la visión cristiana no funciona así.

    En la fe cristiana tenemos claro que el hombre es tanto corporal como espiritual. Alma y cuerpo forman parte de nuestra realidad y ambos son queridos por Dios.

    Conciencia y existencia se complementan para darnos identidad y humanidad.

    Entender ese concepto parece sencillo, pero tiene consecuencias enormes.

    • No tengo un cuerpo como quien tiene un objeto.
    • Soy también cuerpo.
    • Mi historia pasa por él.
    • Mis relaciones.
    • Mis heridas.
    • Mi manera de amar.
    • Mi manera de servir.
    • Mi forma de estar en el mundo.

    Y entonces ya no puedo despreciar mi corporeidad como si fuera algo que necesito superar para alcanzar una supuesta condición espiritual superior.

    Cristo mismo asumió un cuerpo.

    Eso debería decirnos algo.

    Mi alma tampoco es una parte de Dios

    Aquí entramos directamente en una de esas frases que hoy se escuchan con facilidad:

    “Tu alma es una chispa divina”.

    Reconozco que puede sonar espiritual.

    Pero no es lo que enseña la fe cristiana.

    El alma humana ha sido creada por Dios.

    • No salió de su sustancia.
    • No es una porción de Él.
    • No somos pequeñas partes de Dios caminando por el mundo.

    Santo Tomás de Aquino sostiene que afirmar que el alma es parte de la sustancia divina es inadmisible. El alma recibe el ser de Dios, pero no es Dios.

    Y esta distinción vuelve a aparecer.

    • Recibir no es ser.
    • Participar no significa identificarse.
    • Reflejar no significa convertirse en la fuente.

    Mi alma puede estar orientada hacia Dios.

    • Puede ser capaz de conocerlo.
    • Puede amarlo.
    • Puede incluso participar de su gracia.

    Pero sigue siendo creada.

    Y eso no le quita valor.

    Le da identidad.

    Soy alguien, no algo

    El Catecismo recuerda que, precisamente por haber sido hecho a imagen de Dios, el hombre posee dignidad de persona.

    No es solamente algo.

    Es alguien.

    Parece una diferencia pequeña, pero dice mucho. En su simplicidad radica la esencia del concepto mismo. Tan solo piénsalo:

    • Una piedra es algo.
    • Un objeto es algo.
    • Una máquina es algo.

    Pero yo soy alguien.

    • Tengo conciencia de mí mismo.
    • Tengo libertad.
    • Puedo amar.
    • Puedo decidir.
    • Puedo responder por mis acciones.
    • Puedo decir “yo”.

    Y precisamente ese “yo” parece ser una de las cosas que algunas espiritualidades quieren disolver.

    ¿Por qué tendría que desaparecer para encontrar a Dios?

    Hay expresiones espirituales que hablan de perder el ego, disolver el yo, fundirse con el todo o desaparecer dentro de una conciencia universal.

    Entiendo que algunas veces la palabra “ego” puede utilizarse para hablar del orgullo, del egoísmo o de una visión excesivamente centrada en uno mismo.

    Pero hay que tener cuidado.

    Porque una cosa es vencer el egoísmo y otra muy distinta perder la identidad personal. Importante diferencia entre dominar mi ser y desvanecerlo en un vacío.

    El hombre es un sujeto personal, libre y responsable. Si ese “yo” desaparece, también desaparece la posibilidad real de libertad y responsabilidad.

    Y aquí pensé algo que me parece muy sencillo: Dios no me creó para después borrarme.

    • No me dio identidad para que mi destino fuera perderla.
    • No me hizo persona para terminar convirtiéndome en una especie de gota que vuelve al océano y deja de existir como tal.

    La unión con Dios no destruye quién soy.

    Lo lleva a plenitud.

    Dios no me absorbe

    Esta idea me parece especialmente hermosa. Mi relación con Dios no es una absorción en la que mi fin es desaparecer en Él.

    Es, a mi parecer, todo lo contrario. Cuanto más me acerco a Dios, más debería descubrir quién soy realmente.

    Y es justo lo contrario de aquellas espiritualidades donde la meta final consiste en diluirse en un todo.

    El hombre puede entrar en una relación profunda con Dios sin que ninguno absorba al otro. Dios sigue siendo Dios. El hombre sigue siendo hombre. Precisamente en esa relación el “yo” se fortalece y alcanza su verdadera plenitud.

    Y creo que esto también nos ayuda a comprender el amor.

    Cuando amo verdaderamente a alguien no deseo que deje de ser quien es.

    • No quiero absorberlo.
    • No quiero eliminar su identidad.

    Quiero encontrarme con él.

    Quizá nuestra relación con Dios sea también la expresión más perfecta de eso.

    Él no me ama para borrarme.

    Me ama para que llegue a ser plenamente aquello para lo que fui creado.

    Y esto podemos experimentarlo en el resto de nuestras relaciones. En un noviazgo sano, un matrimonio o cualquier otra relación. Se busca conocerse, complementarse y crecer juntos. Una relación tóxica busca desaparecer a uno de ambos. Absorberlo hasta borrar su propia identidad.

    Es curioso que esta tendencia podamos verla en algunas corrientes modernas de espiritualidad. El volverse uno con el “universo”. Es decir, perder la identidad para fusionarte a un aparente todo que es realmente una total nada.

    Cuanto más quiero ser Dios, menos termino entendiendo quién soy

    Y aquí aparece una paradoja interesante.

    La Nueva Era suele presentar la divinización del hombre como una forma de exaltarlo.

    • “Eres creador de tu realidad”.
    • “Eres una manifestación de lo divino”.
    • “Eres Dios experimentándose a sí mismo”.

    En apariencia, el hombre queda colocado en lo más alto.

    Pero quizá ocurre exactamente lo contrario.

    Si todos somos una misma conciencia...

    • si todos somos una parte de un mismo Todo...
    • si mi individualidad es solamente una ilusión...
    • entonces mi identidad termina perdiendo valor.

    Ya no soy verdaderamente alguien.

    Soy una manifestación temporal de algo más grande.

    Y aquello que parecía elevarme termina disolviéndome.

    Y esta paradoja se puede expresar como:

    Cuando el hombre busca una libertad absoluta y termina divinizándose, no solamente pierde su relación con Dios, sino también aquello que lo constituye como persona.

    Entonces:

    Quizá la verdadera dignidad no consiste en decir “soy Dios”.

    Quizá consiste en poder decir:

    soy yo delante de Dios.

    No necesito ser Dios para tener valor

    Creo que esta es la conclusión a la que poco a poco he ido llegando.

    • No necesito ser Dios.
    • No necesito convencerme de que existe una divinidad escondida dentro de mí.
    • No necesito creer que puedo crear mi propia realidad.

    Tampoco necesito disolverme en el universo para sentirme parte de algo más grande.

    Ya pertenezco a algo mucho mayor.

    • Soy criatura de Dios.
    • Creado a su imagen.
    • Capaz de conocerlo.
    • Capaz de amarlo.
    • Capaz de responderle.
    • Capaz de decir “yo” y dirigirme a Él como “Tú”.

    Y cuando lo pienso así, ser criatura deja de parecer poco.

    Empieza a parecer inmenso.

    El hombre alcanza su plenitud cuando elige a Dios

    Después de reflexionar todo lo anterior, llego a una conclusión que coincide con lo que menciona el P. Lombardo:

    El hombre no se realiza alejándose de Dios. Ni mucho menos intentando ocupar su lugar.

    • Se realiza eligiéndolo.
    • Buscando su voluntad.
    • Entrando libremente en relación con Él.

    Y entonces podemos concluir que, contrario a lo que las nuevas espiritualidades nos indican, el hombre alcanza su mejor versión precisamente cuando elige a Dios y orienta su libertad hacia Él.

    Y esto puede parecer contradictorio desde la mentalidad actual.

    Porque solemos pensar que la libertad consiste en no depender de nadie.

    Pero quizá la libertad verdadera no consiste simplemente en poder elegir cualquier cosa.

    También importa aquello que elijo.

    Puedo ser libre para caminar hacia mi plenitud.

    O libre para alejarme de ella.

    Conócete a ti mismo

    Es tal vez la verdadera tarea para nosotros en la actualidad.

    • Redescubrir lo que somos.
    • No imaginarlo.
    • No reinventarlo.
    • Redescubrirlo.

    Somos imagen de Dios.

    Y creo que ahí está el comienzo de cualquier discernimiento serio.

    Porque si no sé quién soy, cualquier espiritualidad puede ofrecerme una identidad diferente.

    • Puede decirme que soy energía.
    • Que soy conciencia.
    • Que soy una chispa divina.
    • Que soy creador de mi propia realidad.

    Pero antes de aceptar cualquiera de esas afirmaciones quizá convenga regresar al principio.

    A aquello que Dios dijo sobre nosotros:

    “a nuestra imagen y semejanza”.

    No soy Dios.

    Pero llevo su imagen.

    No soy una parte de Él.

    Pero fui creado para encontrarme con Él.

    No soy una chispa divina perdida en el universo.

    • Soy una persona.
    • Tengo un nombre.
    • Una historia.
    • Una libertad.
    • Una identidad.
    • Y un Creador que me conoce.

    Tal vez no necesito descubrir una divinidad escondida dentro de mí. Tal vez necesito descubrir nuevamente aquello que ya soy ante Dios.

    • Su criatura.
    • Su imagen.
    • Alguien amado.

    Y quizá desde ahí podamos comenzar a entender todo lo que viene después.

    Porque si no sé quién es Dios y tampoco sé quién soy yo, cualquier espiritualidad puede convencerme de casi cualquier cosa.

    Pero si conozco al Creador y comienzo a comprender quién soy delante de Él, las cosas empiezan a verse con otra claridad.

    Cristo basta.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


    ¡Hola! Estamos para escucharte, ¿Deseas platicar? Con gusto te escuchamos (te leemos)

    ¿Necesitas platicar?
    Close and go back to page