Cuando la razón se separa de Dios

    Cuando la razón se separa de Dios

    Cuando la razón se separa de Dios, el alma empieza a confundirse

    Hay ideas que uno puede leer muchas veces y, sin embargo, un día parecen acomodarse distinto dentro del alma.

    Eso me pasó al seguir reflexionando sobre el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE. No porque el tema de la razón y la verdad sea algo completamente nuevo para mí, sino porque al mirarlo desde este camino que hemos venido recorriendo en la serie Cristo basta, adquiere un peso distinto.

    Venimos hablando del mal, del pecado, del demonio, de la tentación, del ocultismo, de los maleficios y de la confesión. Pero ahora toca mirar algo que quizá parece menos espectacular, aunque puede ser igual de peligroso: la forma en que pensamos.

    Porque aun antes de que mezclemos la fe con la Nueva Era, antes de que mezclemos el concepto de Dios con las energías y que convirtamos las oraciones en decretos. Antes siquiera de llamar “espiritualidad” a cualquier experiencia interior, muchas veces antes de eso ya ha ocurrido algo más profundo: el pensamiento y la razón dejaron de mirar hacia Dios.

    Esto da como resultado que, al dejar de lado la razón y separarla de Dios, el alma empieza a confundirse.

    Y no lo digo solo por decir una frase inspiradora. Lo comento por lo que se puede ver. Verlo en el mundo, en las redes sociales, en las conversaciones actuales. Inesperadamente, aunque ya no tanto, en el ambiente católico. Se puede percibir en la lucha interna que cada uno llevamos por querer justificar nuestros deseos y anteponerlos por encima de la obediencia hacia lo que es la verdad. Lo que es verdadero.

    Para algunos podrá sonar disparatado, pero pensar también puede ser un acto espiritual.

    Pensar bien también es parte del camino de fe

    No es suficiente explorar las emociones religiosas. No es solo sentir bonito cuando escuchamos una canción católica o una reflexión que de momento nos llega y toca algunas fibras emocionales. No es solo compartir en mis redes frases de santos —que ni siquiera verificamos, por cierto— o compartir imágenes con versículos. Si no conectamos esas emociones con nuestra inteligencia, esta solo desordena nuestro pensamiento. Y llegará el momento en que este desorden solo causará confusión en mi fe.

    Porque la fe no nos pide apagar la razón

    La fe nos pide dejar que la razón sea iluminada.

    Debe resaltarse tanto como sea necesario en estos tiempos de ruido social y sin sentido, donde las vocaciones o las inspiraciones se confunden con tendencias y frases bonitas. No tener claro lo que es verdaderamente la fe católica hace que se preste a una distorsión de lo que verdaderamente es. Empecemos por aclarar que la fe católica no es enemiga de la inteligencia. La falta de profundización ha hecho creer a muchos que creer, en automático, es dejar de pensar. Un falso sustento que muchos mal llamados ateos utilizan al día de hoy. Es como si obedecer a Dios fuera renunciar a la libertad interior. Como si la Iglesia se viera amenazada por la razón.

    Nada más lejos de la realidad.

    La fe católica no desprecia la razón. La necesita. La ordena. La purifica. La eleva.

    El problema no es pensar. El problema es pensar de espaldas a Dios.

    Cuando mi deseo quiere decidir la realidad

    Hoy en día podemos detectar una tentación muy actual: la de creer que podemos adaptar la realidad a mi sentir.

    • Si algo me incomoda, entonces debe estar mal.
    • Si algo me contradice, entonces debe ser violencia.
    • Si algo me exige conversión, entonces debe ser represión.
    • Si algo me recuerda el pecado, entonces debe ser culpa tóxica.
    • Si algo no coincide con mi deseo, entonces lo rechazo, lo reinterpretó o lo acomodo.

    Pero la realidad no desaparece porque yo no quiera verla.

    El pecado sigue siendo pecado aunque yo le cambie el nombre. La mentira sigue siendo mentira aunque me dé tranquilidad. La superstición sigue siendo superstición aunque la vista de espiritualidad.

    La idolatría sigue siendo idolatría aunque use palabras como energía, universo o luz.

    Y Dios sigue siendo Dios aunque el hombre moderno prefiera reducirlo a una fuerza impersonal.

    Y esta parte no es la más difícil de señalar. Marcar la confusión del mundo, lo que está fuera de mí, es relativamente sencillo. Aquí está lo que más me confronta: lo difícil es reconocer cuántas veces he querido —yo— que la verdad no me moleste ni me incomode. Cuántas veces he preferido dar explicaciones, justificarme, disfrazar o manipular aquello que la fe me pide mirar de frente. Confrontar.

    La razón, cuando es humilde, acepta la realidad. Cuando es soberbia, intenta fabricarla.

    Y ahí empieza mucha confusión espiritual.

    La fe no me invita a huir de la realidad

    El cristianismo, a diferencia de lo que podría parecer desde afuera, no es un escape de la realidad. No es un refugio para negar la realidad ni huir del dolor, del pecado o de la culpa. No intenta evitar la fragilidad o la muerte. Es todo lo contrario. La fe cristiana mira de frente la realidad. Con profundidad, una que el mundo muchas veces no soporta y esquiva en esas mismas excusas que intentamos dar para justificar y evadir la propia realidad.

    La fe me recuerda que soy criatura. Que no soy Dios.

    • Que necesito gracia.
    • Que puedo pecar.
    • Que puedo engañarme.
    • Que puedo justificarme.
    • Que puedo llamar bien a lo que me destruye.

    Pero también me dice que soy amado.

    • Que puedo volver.
    • Que puedo ser perdonado.
    • Que Cristo vino a salvarme.
    • Que la verdad no me corrige para humillarme, sino para despertarme.

    Y esto es lo que produce ese choque entre la realidad y mi comodidad. Frente a la Nueva Era y otras formas e ideologías de espiritualidad posmodernas, la fe cristiana no suaviza la realidad.

    La realidad aceptada desde la fe presenta al pecado como lo que es, no como un aprendizaje. Desde la fe, no se elimina la culpa para sustituirla por energía densa. La New Age te ofrece una “alineación” cuando debes tener una conversión. La New Age te esclaviza con términos que se oyen bien, como el ser “auténtico”, para evitar la obediencia que requiere vivir la realidad cristiana. La New Age te adormece olvidándote de la cruz, para transformarla solo en bloqueo emocional. En las espiritualidades posmodernas ya no hay un Salvador, porque si todo sucede dentro de ti, no requieres ya de uno.

    Suena agradable. Pero no salva.

    Porque una espiritualidad que me evita mirar la realidad puede darme alivio, pero no necesariamente me conduce a Dios.

    El yo no puede ser la medida de todo

    Cuando la razón se separa de Dios, el hombre empieza a ponerse a sí mismo como medida.

    • Yo decido qué es verdad.
    • Yo decido qué es pecado.
    • Yo decido qué parte del Evangelio me sirve.
    • Yo decido qué doctrina acepto.
    • Yo decido qué prácticas puedo mezclar con mi fe.
    • Yo decido qué significa Cristo para mí.

    Parece libertad. Pero es una cárcel más elegante.

    Porque si yo soy la medida de todo, entonces también cargo con el peso de inventarlo todo: mi verdad, mi identidad, mi paz, mi destino, mi salvación.

    Y el alma no fue creada para cargar con eso.

    El alma fue creada para Dios.

    Por eso, cuando el hombre intenta ocupar el lugar de Dios, no se hace más libre. Se vuelve más frágil. Más ansioso. Más confundido. Más necesitado de controlar lo que no puede controlar.

    Tal vez por eso tantas corrientes actuales hablan tanto de poder interior, manifestación, decretos, vibración, energía y control. Porque cuando ya no descanso en Dios, necesito sentir que algo está en mis manos.

    Pero la fe cristiana no me enseña a controlar lo invisible. Me enseña a confiar en el Padre.

    Y eso exige una razón humilde.

    La confusión también puede parecer profunda

    Hay confusiones que no parecen confusiones. Parecen profundidad.

    1. Alguien dice: “Dios es energía”.
    2. Otro dice: “todo es vibración”.
    3. Otro dice: “Cristo fue un maestro iluminado”.
    4. Otro dice: “todas las religiones dicen lo mismo”.
    5. Otro dice: “lo importante es que te dé paz”.

    Y muchas de esas frases suenan profundas para quien ya no tiene raíces firmes en la fe.

    Pero cuando uno las mira con calma, descubre que no profundizan. Solo diluyen.

    1. Diluyen a Dios.
    2. Diluyen a Cristo.
    3. Diluyen el pecado.
    4. Diluyen la gracia.
    5. Diluyen la cruz.
    6. Diluyen la necesidad de conversión.

    Y cuando todo se diluye, parece que todo cabe. Pero en realidad ya nada permanece entero.

    Una fe mezclada puede parecer amplia, tolerante y espiritual. Pero muchas veces es solo una fe debilitada, sin forma, sin doctrina, sin centro.

    Y una fe sin centro termina dejando a Cristo como adorno.

    La razón necesita arrodillarse, sin desaparecer

    • No para humillarse como si fuera inútil.
    • No para desaparecer.
    • No para dejar de pensar.

    Sino para reconocer que no es Dios.

    La razón humana es grande, pero no es absoluta. Puede conocer mucho, pero también puede equivocarse. Puede buscar la verdad, pero también puede justificar el error. Puede servir a Dios, pero también puede servir al orgullo.

    Cuando la razón se arrodilla ante Dios, no se apaga. Se ordena. Se centra. Se vuelve cristocéntrica.

    Comprende que hay verdades que puede alcanzar por sí misma y otras que necesita recibir porque Dios las ha revelado. Comprende que la fe no es enemiga de la inteligencia, sino una luz más alta. Comprende que el misterio no es absurdo, sino profundidad que supera lo que podemos abarcar.

    El problema del hombre moderno no siempre es que razone demasiado. A veces es que razona mal.

    1. Razona desde sí mismo.
    2. Desde su herida.
    3. Desde su deseo.
    4. Desde su miedo.
    5. Desde su época.
    6. Desde lo que le conviene.
    7. Desde lo que quiere escuchar.

    Pero no desde Dios.

    Una fe sin razón puede volverse superstición

    También tenemos que decir algo incómodo: no solo se equivoca quien abandona la fe por un falso racionalismo. También se equivoca el católico que vive su fe sin razón.

    Porque una fe sin razón puede terminar en superstición.

    1. Pasa cuando usamos el agua bendita como si fuera magia.
    2. Cuando traemos medallas como si fueran amuletos.
    3. Cuando repetimos oraciones como conjuros.
    4. Cuando creemos cualquier testimonio porque nos emocionó.
    5. Cuando vemos demonios en todo.
    6. Cuando compartimos cadenas religiosas sin discernir.
    7. Cuando seguimos a cualquier predicador solo porque habla fuerte.
    8. Cuando confundimos devoción con fanatismo.
    9. Cuando dejamos que el miedo dirija nuestra vida espiritual.

    Esto también daña.

    Por eso no basta decir “yo tengo fe”. Hay que preguntarse si esa fe está formada, si está arraigada en la Iglesia, si se deja iluminar por la razón, si busca la verdad o si solo busca seguridad emocional.

    La fe católica no es superstición.

    La fe católica es confianza en Dios, iluminada por la verdad y sostenida por la gracia.

    La razón herida busca sustitutos

    Cuando la razón se separa de Dios, no se queda neutral. Busca otros fundamentos.

    • Si ya no reconoce al Dios vivo, empieza a hablar del universo.
    • Si ya no comprende la gracia, empieza a hablar de energía.
    • Si ya no cree en la Providencia, empieza a buscar manifestación.
    • Si ya no ora, decreta.
    • Si ya no confiesa el pecado, habla de bloqueos.
    • Si ya no acepta la cruz, busca una espiritualidad sin dolor.

    Este es el punto donde la Nueva Era entra con tanta facilidad.

    No entra solamente porque la gente sea ingenua. Entra porque muchos ya no tienen una razón formada para discernir. Han perdido categorías cristianas. Han perdido lenguaje de fe. Han perdido claridad sobre Dios, el hombre, el alma, la gracia, el pecado y la salvación.

    Entonces cualquier discurso que suena bonito parece compatible.

    1. Pero no todo lo bonito es verdadero.
    2. No todo lo pacífico viene de Dios.
    3. No toda luz conduce a Cristo.

    Nos van matando espiritualmente en dosis pequeñas

    Hay una imagen que me parece fuerte: la fe muchas veces no se pierde de golpe. Se va debilitando en dosis pequeñas.

    • Un día dejo de confesarme.
    • Otro día empiezo a decir que no todo es pecado.
    • Otro día me parece exagerada la doctrina.
    • Otro día digo que todas las religiones tienen lo mismo.
    • Otro día llamo energía a Dios.
    • Otro día consulto algo “solo por curiosidad”.
    • Otro día mezclo una oración con un decreto.
    • Otro día ya no sé si Cristo es el centro o solo una parte más de mi espiritualidad.

    Y cuando quiero darme cuenta, no hice una renuncia escandalosa a la fe. Simplemente la fui diluyendo.

    Eso es preocupante.

    Porque creo que muchos católicos no han dejado de amar a Cristo, pero sí han dejado de pensar desde Cristo.

    Y cuando dejamos de pensar desde Cristo, tarde o temprano empezamos a creer con categorías que no son cristianas.

    1. Seguimos diciendo “Dios”, pero pensamos “energía”.
    2. Seguimos diciendo “oración”, pero pensamos “manifestación”.
    3. Seguimos diciendo “gracia”, pero pensamos “vibración”.
    4. Seguimos diciendo “paz”, pero pensamos “no quiero que la verdad me incomode”.

    Volver a pensar desde Dios

    Tal vez esta sea una de las tareas más urgentes: volver a pensar desde Dios.

    • No solo sentir a Dios.
    • No solo hablar de Dios.
    • No solo emocionarnos con Dios.

    Pensar desde Dios.

    • Mirar la realidad desde Dios.
    • Comprender al hombre desde Dios.
    • Entender la libertad desde Dios.
    • Discernir las prácticas espirituales desde Dios.
    • Juzgar mis deseos desde Dios.
    • Ordenar mi razón hacia Dios.

    Porque cuando Dios desaparece del pensamiento, poco a poco desaparece también del centro del corazón.

    Y cuando Dios deja de estar en el centro, algo más ocupa su lugar.

    • Puede ser mi emoción.
    • Mi deseo.
    • Mi herida.
    • Mi necesidad de control.
    • Mi miedo.
    • Mi orgullo.
    • Mi comodidad.
    • O una espiritualidad hecha a mi medida.

    Pero nada de eso salva.

    Solo Cristo.

    Pensar bien también es conversión

    Creo que aquí está el punto que quiero dejar en este capítulo: pensar bien también es parte de la conversión.

    No solo se convierte el que deja un pecado visible.

    También se convierte el que deja de justificar sus errores.

    • El que deja de llamar verdad a su deseo.
    • El que deja de acomodar a Dios.
    • El que deja de mezclar la fe.
    • El que acepta que puede estar equivocado.
    • El que vuelve a estudiar.
    • El que vuelve al Catecismo.
    • El que vuelve a la Escritura.
    • El que vuelve a dejarse enseñar por la Iglesia.
    • El que le pide a Dios no solo sentimientos bonitos, sino una inteligencia más limpia.

    Porque también necesitamos que Cristo purifique nuestra manera de pensar.

    • Que nos quite soberbia.
    • Que nos quite confusión.
    • Que nos quite sentimentalismo.
    • Que nos quite miedo.
    • Que nos quite esa necesidad de tener siempre la razón mientras dejamos de buscar la verdad.

    Conclusión: la razón también necesita a Cristo

    Cuando la razón se separa de Dios, el alma empieza a confundirse.

    No porque la razón sea mala. Ni porque pensar sea peligroso. La fe no quiere hombres hundidos en la ignorancia. La razón fue hecha para la verdad, y la verdad conduce a Dios.

    Una razón sin Dios puede volverse soberbia.

    Una fe sin razón puede volverse superstición.

    Pero una razón iluminada por la fe puede ayudar al alma a caminar con claridad.

    Por eso, frente a la Nueva Era y a tantas espiritualidades que prometen luz, sanación, poder o paz, el católico no debe apagar su inteligencia. Debe formarla.

    • Debe preguntarse.
    • Debe discernir.
    • Debe volver a la realidad.
    • Debe volver a la verdad.
    • Debe volver a Dios.

    Porque Cristo no vino a evitar que usáramos nuestra razón. Vino a iluminarla.

    Cristo basta.

    Y si Cristo basta, también basta su luz para ordenar nuestra inteligencia, purificar nuestras ideas y devolvernos al camino de la verdad.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


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