¡Cuidado! El diablo anda suelto...

    Es un dicho muy conocido entre nuestra cultura latina y realmente tiene mucho sentido en estos tiempos que estamos viviendo de Cuaresma ya que nos preparamos para la Pascua.

    ¿Han notado que en estas fechas, surgen mas discusiones y diferencias entre las familias?

    La razón es porque el enemigo esta furioso, sabe pronta su derrota con la Pasión de nuestro Señor y busca hacer un último movimiento que nos haga alejarnos de Cristo.

    "Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar"

    1Pe 5, 8

    Dijo Sor Lucía, vidente de Fátima, en una larga carta enviada al Cardenal Carlo Caffarra (Arzobispo de Bolonia, Italia en aquel entonces) la advertencia sobre la batalla final entre el Señor y el reino de Satanás:

    "La batalla final entre el Señor y el reino de Satanás será acerca del matrimonio y de la familia"

    Es por ello que en estos tiempos de cuaresma debemos guardar con mayor celo la palabra de Dios, seguir sus mandamientos. Apegarnos a las herramientas que nos da la Santa Iglesia Católica (misa, confesión, comunión, oración, obras de misericordia); así como la participación activa de sus comunidades para mantenernos firmes y fortalecidos.

    Satanás esta presente hoy y dicta tras las sombras palabras blasfemas que hace que las familias, en especial los matrimonios, duden de si mismos, de sus esposos y esposas. El que tiene poder sobre lo material logra meter ideas en las mentes alejadas de Dios para mantenerlas confundidas.

    Cuánto más no se infiltra en los que aman a Dios y buscan agradarle. Ataca con mas fuerza a los matrimonios que están en el camino, pues son ellos los que quiere para sí.

    Por ello, en estas semanas, busca la prudencia, fortalece tu paciencia y mas que nunca pon en practica el diálogo.

    En estas dos semanas se incrementará la tentación de pelear, de discutir y separarse. No cedamos

    Diario acércate a la palabra de Dios y recuerda que el amor vence el mal:

    El amor es paciente, es servicial, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal: no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo perdona. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.

    1Cor 13, 4-7

    En estas ultimas semanas que estamos por vivir, e iniciar Pascua, preparémonos para la batalla y no permitamos que nuestras diferencias nos separen. Mas bien, fortalezcámonos en el amor y vivamos con la gracia de Dios para celebrar el vencimiento del enemigo y regocijémonos en la victoria de Dios y sus promesas cumplidas en Cristo Jesús.


    En el camino de Saulo

    Recientemente, un comentario de un sacerdote me llevó a reflexionar profundamente sobre mi manera de ser. Él mencionó que, de forma singular, soy como Saulo. Esto me dejó pensativo, preguntándome: ¿Cómo era Saulo? Este punto de partida me ha llevado a examinar mi temperamento y mi forma de vivir como cristiano católico. Tal vez esta reflexión no solo me sirva a mí, sino que inspire a otros a realizar un análisis personal.

    Saulo de Tarso, antes de su conversión, es un personaje fascinante y complejo. Incluso en su etapa previa a encontrarse con Cristo, destacaba entre los suyos. Aquí algunos aspectos clave de su carácter:

    1. Su personalidad y manera de ser

    Saulo era un judío apasionado y decidido, comprometido intensamente con sus creencias. Todo lo que hacía, lo realizaba con convicción y sin medias tintas. Era un líder nato, cuyo celo religioso y confianza en su conocimiento de la Ley mosaica lo hacían tomar decisiones drásticas para defender su fe.
    Desde joven, recibió una educación destacada. Como discípulo de Gamaliel, uno de los maestros más respetados del judaísmo, Saulo era culto y poseía un dominio profundo de la Ley y las tradiciones judías.

    2. Su forma de pensar

    Saulo tenía una visión profundamente legalista: estaba convencido de que la salvación dependía del cumplimiento estricto de la Ley mosaica. Su mentalidad lo convertía en un defensor férreo de la tradición, viendo a los cristianos como una amenaza para el judaísmo. Esta postura lo hacía inflexible, incapaz de abrirse a perspectivas nuevas o revelaciones diferentes.

    3. Su rigidez espiritual

    Como "fariseo de fariseos", Saulo poseía un celo extremo que lo llevaba a defender la Ley a toda costa. Esta rigidez lo hacía falto de misericordia, justificando sus acciones como necesarias para proteger la fe, incluso cuando eso significaba perseguir a quienes él consideraba desviados.

    4. Su actitud hacia los demás

    Este celo lo convirtió en un perseguidor implacable. La Biblia detalla cómo Saulo arrestaba y enviaba a prisión a cristianos, irrumpiendo incluso en sus hogares. También mostraba un carácter colérico y explosivo, como en el caso del martirio de Esteban, que él aprobó y consideró justo.

    Con estos elementos, podemos ver que Saulo era un hombre brillante, apasionado y convencido de que defendía la verdadera fe. Sin embargo, su rigidez y postura combativa serían transformadas radicalmente tras su encuentro con Cristo.


    Una introspección personal

    Tras analizar a Saulo, me pregunto: ¿En qué aspectos me parezco a él?
    Me considero una persona comprometida con mi fe. A lo largo de mi vida, he encontrado en mi religión un pilar sólido que fortalece mi amor por Cristo y su Iglesia. He dedicado tiempo a estudiar y profundizar en la tradición y el magisterio, convencido de que la obediencia a estos fundamentos es clave.

    Como Saulo, reconozco que puedo ser inflexible en lo relacionado con la fe. No creo en medias tintas: si alguien se identifica como cristiano católico, considero incompatible que crea en la santería, la magia, el yoga o las corrientes de la New Age. Para mí, estas prácticas contradicen la esencia del cristianismo.

    Mi enfoque legalista también es evidente. Me apego fuertemente a lo que enseña la Iglesia, siguiendo el principio de que "quien obedece, no se equivoca". Sin embargo, al reflexionar, veo cómo esto puede limitar mi capacidad para escuchar y comprender otras perspectivas.

    En cuanto a mi actitud hacia los demás, esta reflexión ha sido especialmente impactante. Mi esposa y otras personas cercanas me han hecho ver que, aunque me considero condescendiente y amoroso, a menudo proyecto rigidez y frialdad. Mis palabras pueden parecer sentenciadoras y mi tono, intimidante. Si bien no persigo ni ataco, mi manera de expresar verdades puede alejar en lugar de acercar.


    Una lección para el alma

    Reconozco que mi actitud no siempre ha sido caritativa. A veces, al defender la verdad, he dejado por los suelos no solo los argumentos de los confundidos, sino también sus espíritus. Esto contradice el llamado cristiano al amor y la misericordia.

    Me he visto reflejado en Saulo: un corazón duro disfrazado de verdad, pero sin sentimientos. Me pregunto entonces: ¿Qué tan cierto es que soy un verdadero seguidor de Cristo? ¿Es este el momento en que debo detenerme y encontrarme con el Señor de la misericordia?

    En este Adviento, siento que Jesús me llama nuevamente. Como un fariseo cristiano, Él se cruza en mi camino, preguntándome: "¿Por qué me persigues?" No para condenar a mis hermanos confundidos, sino para recordarme que el Evangelio se proclama con amor y caridad.


    Una conclusión práctica

    Este episodio me lleva a reflexionar profundamente:

    • ¿Por qué debato?
    • ¿Es para enaltecerme o para edificar a los demás?
    • ¿Expreso el Evangelio con amor o con dureza?

    El conocimiento es una herramienta poderosa, pero sin amor se convierte en una espada que hiere en lugar de sanar. Hoy, decido caminar hacia Cristo con un corazón renovado, buscando ser un instrumento de su amor, más allá de mi saber.

    Que este tiempo de Adviento nos lleve a todos a encontrarnos con el verdadero Evangelio: el amor que transforma y da vida.


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